Han pasado muchos años desde aquel otoño del 85 en que Jairo y yo nos conocimos. Fue un año duro, tanto que pensé que no iba a poder soportarlo. Un día, al volver de la escuela, encontré la puerta abierta, la casa vacía. Mamá se había largado. Se fue sin pagar el mes y la casera se quedó con nuestras cosas. Ya no tienes nada que hacer aquí, así que lárgate y no vuelvas, me ladró, sin importarle mi congoja. Me impactó su mirada hostil, su cara sudorosa, roja de indignación, su brazo amenazante.
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