Morfeo es su nombre y el sueño, su bendito don.
Le espero cada noche impaciente como una virgen enamorada, abiertas las ventanas del deseo, ansiosa por comenzar el ritual y sentir cómo me toma sin prisas. Él, en pago a mi devoción o tal vez para hacerse perdonar la eterna impuntualidad, se engalana para la cita y me acoge amoroso entre sus brazos acallando al instante mis miedos. Ya está conmigo, me mece con languidez, casi con desidia, y oscila caprichoso entre la vigilia y la inconsciencia en
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