Detrás del superviviente se esconde una realidad trágica: la ausencia de unos valores morales sólidos, una irrefrenable necesidad de saciar los instintos, el considerar válido el hacer daño o ejercer la coacción sobre los otros, el interpretarse más importante que los demás, la búsqueda de adulación y una enorme impotencia ante su incapacidad de actuar de manera distinta. El superviviente no cree que el controla su vida, sino que serán factores externos quienes lo obliguen a actuar de esa forma, cree que el instinto es su último recurso para no colapsar, se siente desesperado porque no sabe como controlar sus propios deseos.
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