Hola, Rosa, teíamos una gatita adoptada, siamesa, preciosa, con esos ojos azul zafiro. Una noche no volvió a casa. Apareció en la cuneta cerca de donde vivimos. ¡Ay, qué dolor! Los gatos de las cunetas. Ahora tenemos dos: uno es negro con botines blancos, como el que has puesto tú tanta veces en un gift y el otro es todavía un bebé, jaspeado, abandonado en la calle. Ya no está triste y el mayor lo protege. Se van a llevar bien. Un abrazo!
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