Mientras espera el tren, en una fría mañana, el protagonista de la historia se siente atraído por unos versos escritos en la pared de la estación: “Qué importa que mis ojos no sean verdes, - si con estos ojos negros - puedo igual ver el verdor de las hojas”. A partir de aquel momento, la fascinación de aquellos ojos negros le llevará, primero, a desear conocer a la autora de los versos y, ante en fracaso de sus intentos, a soñarla. Hasta que un día ve sentarse en el asiento de enfrente a una joven cuyo aspecto se asemeja a la imagen forjada en sus sueños. Por un momento se cruzan sus miradas pero, de inmediato, la joven saca del bolso su móvil y hunde su mirada en su pantalla. Mas aquellos ojos negros, vistos por un instante, quedarán ya para siempre en la mente del viajero.
All rights reserved