María escuchaba con atención la historia de su abuelo. La imaginación de ambos corría en el mismo sentido, creciendo a medida que el abuelo encontraba las palabras necesarias para sorprender a su nieta.
Al arroparla, y darle un beso, le pidió que dejara a Cleto escondido en el armario. Que también tenía que descansar. Así lo hizo el abuelo. Cogió el dinosaurio de peluche, de manchitas verdes y marrones, de su nieta, y lo dejó en un estante del armario.
Debían faltar pocos minutos para la media
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