Érase una vez un gran científico que gracias a la brillantez de su inteligencia y a su enorme espíritu de sacrificio consiguió desarrollar un prototipo de lavadora de conciencias.
El planteamiento era, en principio, sencillo. El ingenioso artefacto debía de ser capaz de limpiar en los pacientes, como si de una lavadora común se tratase, cualquier atisbo de escrúpulo que impidiese un normal funcionamiento de la actividad humana.
Una vez resueltos los complejos cálculos y superados los prim
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