Doce días en la Kirishima y ya la odio. La gomaespuma a mi espalda es cómoda, pero me asfixian ramajes de acero y cables. El soporte vital es una vibración constante que se mete en mi cerebro. Pienso a 1800 rpm y malvivo con un insomnio alucinógeno.
Bleep, turno de día. Un reloj gobierna mis ciclos, no la añorada órbita planetaria. Duermo con el uniforme, un par de bostezos y estoy en el comedor. A estos desconocidos los tengo que llamar compañeros, comer con ellos y sonreír. Aún me pregunto qu
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