Para Beverly Kane, un pastel de cumpleaños es un cementerio de deseos y una sobrecarga sensorial es un evento paranormal.
En 1984, mientras el resto de Merry Hills compone la «fauna silvestre adolescente» descrita por David Bowie, Beverly se ve obligada a coreografiar cada palabra y movimiento para encajar. Sinestésica en un entorno que le resulta ruidoso y ajeno, ha aprendido a fragmentarse en una «multitud» de voces para sobrevivir, convirtiendo lo común en algo extraordinario y, muchas veces, abrumador.
Junto a un intruso que pronto se vuelve su refugio, está decidida a descifrar el concepto del humano como un «grupo de uno». Ambos construyen un santuario analógico a través de cintas magnéticas y walkie-talkies, unidos por un lenguaje privado; sin embargo, los secretos compartidos en la frecuencia de radio tienen un punto ciego. Cuando una interferencia sutil pero invasiva empieza a colarse en sus transmisiones y a amenazar la intimidad de este refugio, su frágil ecosistema se tambalea, obligándola a descubrir si esa multitud interna es su mayor grieta o la única fuerza capaz de sostenerla cuando el ruido se vuelva insoportable.
Hagas lo que hagas, sólo asegúrate de escuchar ambos lados del casete.
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