La tempestad es atroz. Ráfagas huracanadas, lluvia. Y los rayos, danzando impertérritos sobre los postes de energía, provocan llamaradas que iluminan la ciudad a medida que ésta se apaga. Desde el vigésimo piso el espectáculo es dantesco. Yo también quedo a oscuras. Enciendo una vela, con ésta un cigarrillo y me siento sobre la alfombra, frente al ventanal, a esperar que la tormenta pase. Los rayos son las venas de un gigante furioso que restalla su látigo mientras ruge.
Esta ridiculez estaba p
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