El miembro de Apolo quedó a la vista en toda su erección, oscilando ligeramente a dos palmos de mi rostro. Las manos de Talía se apoderaron de él con ansia, recorriendo toda la extensión de su verga gorda y sonrosada. La mía regresó a sus nalgas, cubiertas de un finísimo vello, en busca del camino entre sus muslos que me condujo a sus testículos, grandes y completamente depilados. Esta vez mi uña arañó sin trabas su camino, arrancándole un estremecimiento tan potente que sentí flaquear sus piern
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