El salón del trono, antaño lleno de luz y color, estaba oscuro, decorado con los colores que el tirano había elegido como propios. Pero él le devolvería su antiguo resplandor, ese era su destino, su deber.
—Así que tú eres el líder de todo esto, un simple aldeano —exclamó el usurpador con arrogancia.
—No soy un simple aldeano, y tu reinado del terror termina aquí —dijo el héroe con seguridad.
Lanzó a un lado la sencilla espada que había portado en el asalto al castillo y desenvainó la hoja que
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