Entre nuestros abedules juguetones
pasó de pronto, audaz y violento,
un extraño viento frío.
Al finalizar la tarde,
aclaró el cielo y el aire, pero
sus queridos rostros faltaban.
Escudriñamos todo sin entender por qué,
entre el mar y el fuego, del nido
ellas… habían partido.
Siguieron días, severamente nublados
y muchas noches sin lunas ni estrellas.
De pronto, en un luminoso amanecer,
una benevolente comprensión
entibió nuestros sentidos.
Ellas, nuestras queridas Paulina y Marcela,
habían regresado al universo.
Ellas…habían sido siempre dos ángeles
en una maravillosa misión de amor.
Hoy, damos gracias a Dios
por aquel bendecido tiempo
de su hogar en la tierra.
Extrañamos sus miradas, sus risas,
sus pensamientos, sus bondades.
Tan verdadero es como que
las tenemos y recordamos
acurrucadas en nuestras almas.
Donde ambas descansan,
sepan que el olvido
no es parte del amor verdadero
y que siempre, hoy y mañana
hemos de necesitarlas.
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