Mañana de silencio en las calles y miradas perdidas. Pasos quedos, acolchados, en las aceras húmedas.
Protegido junto a la cristalera de un café, el viejo Arlequín, demacrado, pálido, solo de solemnidad.
Sin máscara esta mañana de lunes con llovizna.
Como un pájaro con las alas lastradas por el barro.
Sentado en un pequeño taburete plegable, erguido, inmóvil como un mimo, con un viejo sombrero sin cinta ya y desalado, las piernas juntas, hundidas las manos en los bolsillos de un raído cha
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