Aquellas borreguitas eran de veras presumidas. Emperifolladas en sus atuendos blancos, parecían flotar por la pradera henchidas de felicidad, como nubes blanditas de pura lana virgen. Pero cuando llegó el verano terminó su dicha, pues el pastor les pasó la tijera a ras de piel, dejándolas tan pelonas como perros chihuahuas. Nunca se habían sentido tan ridículas como aquella vez.
El lobo, que acostumbraba a rondar por aquellos parajes, observó desde lejos la desazón en los ojos caídos de las des
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