Estabas al doblar la esquina. Allí, presente, pero, a la vez, ausente, efímera y antigravitatoria como si fueses de éter. De forma que llenabas el espacio y rodeabas todo con tu ausencia-presencia omnipresente de deidad olvidada. Como un perfume arraigado clandestinamente a una sala suspendida en la soledad, podía notar en carne de gallina el puñal de tu eclipse. Profundo, clavado, hiriente, casi acogedor en su mordida. Veneno dulce que en algún momento corrió por la sangre en desbocada huida de
All rights reserved