Julián está solo. Desde hace ocho semanas, gasta bromas por teléfono, pinta, pero poco, y habla. Habla mucho. Habla con su mujer, que ya no está, pero sí. Julián mide el tiempo con el ruido que hace la trapa del taller de abajo cuando se sube y cuando se baja. Julián piensa. Julián se da cuenta de que la soledad es como las uñas de los muertos, que crecen incluso cuando ya no hay vida. Sí, Julián está solo.
Este monólogo nace con dos vocaciones: ser agridulce y hablar, al igual que su protagonista, sobre todo lo que rodeaba la vida antes de estar ante el vacío. Hablar como medicina, como forma de curar el dolor a través de la palabra. Hablar como paradoja porque cuando uno está solo necesita a alguien para hablar, alguien que no está y que te recuerda que estás solo. Una broma, ¿no?
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