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2403107296549
Y la canalla gritaba
03/10/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/Y/ylacanallagrit.pdf Y la canalla gritaba, y sus voces se rompían, y se quebraban los brillos que en las antorchas lucían con sus llamas de colores rojas, amarillas, densas, ensombreciendo el asombro que en los ojos de la inquieta multitud abigarrada que permaneciendo quieta sentía latir en sus almas, en sus pulsos y en sus venas, las pasiones desatadas de furias y otras miserias que arrasaban a su paso con todo lo que de buena pudo tener algún día una Humanidad que espera que alguna vez todo acabe, y se terminen sus penas, y aparezca allá a lo lejos, en lo alto de aquellas peñas, el nuevo Sol que dé vida, calor y que permanezca en las almas de las gentes iluminando caminos de cordura y de presteza que se apresure apacible, bondadosa y bien serena, a poner en orden todo cuanto por venir aun queda y bálsamo en las heridas de los que dolientes gimen y se duelen y se dicen que qué fue lo que los hizo permanecer tantos años en brazos de las Erinias y perdidos en la negra sinrazón que sin razones o con ellas muy perversas los mantuvo, sin sentido, enardecidos y locos, prisioneros de la guerra. 23/08/2012 13:42:32
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2403107296495
Y me escuchó
03/10/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/Y/ymescucho.pdf Había salido con Sánchez a hacer el último pis – suyo, se sobrentiende; Sánchez es mi perro – y al dar la vuelta, ya de regreso, había un gato negro, grande, en la otra parte de la glorieta, por donde la parada de taxis y el quiosco de prensa. Luego, desde la ventana, estuve un rato pendiente de él con los prismáticos. Eran poco más de las cinco y ahora, verano ya prácticamente, amanece muy pronto y yo quería que el día no lo encontrara en un lugar con tan pocos recursos para un gato como es la acera de la glorieta; ningún rincón acogedor y fresco, ningún seto bajo el que agazaparse y permanecer a una distancia razonable de los pies hostiles de transeúntes apresurados o desaprensivos o crueles. Pasaron varios minutos hasta que volvió a reaparecer de por bajo los coches aparcados; se paseó indiferente, altivo y despreocupado por la acera con la cola en alto, como un periscopio, sin cortedad ni consideración ninguna al hecho de estarme teniendo con el alma en vilo. Hablé a mi destino y le dije “nunca te pido nada para mí, y tú lo sabes; no me des más suerte ni más venturas de las que ya me adornan, pero cámbiame de sitio este gato, que la glorieta no es un buen lugar para él”. Se hizo esperar, pero una media hora después lo vi – al gato – correr como una bala cruzando Joaquín Costa, en dirección a los curas. No es – y podría serlo si no fuera por culpa de su patio y de los porteros y algunos vecinos del lado de los pares -, pensé, el mejor de los lugares pero sí – a él – en el que sabes desenvolverte y es pese a todos los inconvenientes tu medio. Hice oído, mientras cruzaba bajo el paso elevado; el escaléxtric no me permite ver la calzada de aquel lado, pero no se oía en aquel momento ruido ninguno, ningún coche rodando en ninguna de las direcciones. Y le di las gracias a mi destino pensando que, bueno, se había portado bien. Las personas somos así de ingenuas, pensamos que cuando las cosas salen como las deseamos es que nuestros ruegos han sido escuchados cuando la pura verdad es que el golpe de suerte ha consistido tan sólo en desear, sin estarlo sabiendo, justo aquello que con o sin nuestra intervención iba, de todas maneras, a suceder. 1 de junio de 2010
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2403107296358
Y todo por culpa del potasio 40
03/10/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/Y/ytodoporculpadel.pdf Un plátano libera un positrón cada 75 minutos, y anoche cené dos plátanos. ¿Liberaré entonces yo dos positrones? ¿En 75 minutos o en 150? ¿La antimateria que genere será antiplátanos o será antiAlicias? Y es que desde que se interesa una por la ciencia vive en un constante sinvivir que me está quitando la vida que, digo yo, si deja de ser mi vida se transformará en mi antivida… Pero, sigo pensando, si es la antivida de antiAlicia ―quiero decir vida de Alicia pero con signo negativo―, cuando la vida y antivida de Alicia y antiAlicia se encuentren se destruirán mutuamente y… ¿Qué será de nosotras entonces? Yo no lo sé, pero eso debe de ser porque soy Alicia. Lo que me hace pensar que es muy posible que antiAlicia sí lo sepa. Y me gustaría preguntárselo, la verdad, sonsacarle todo lo que ella sabe y que tiene que ser (por pura lógica) todo lo que yo ignoro; pero otra verdad es que me da miedo… Aunque quizás a ella no, porque si mi miedo es su antimiedo… Anda que, si lo llego a saber con tiempo me hago un huevo frito y me evito tantos quebraderos de cabeza. Lo que es seguro es que ―siguiendo con mi razonamiento― si yo cené fermiones ella tuvo por fuerza que cenar bosones. ¿Bosones o un sencillo huevo frito con el espín del revés? Lo mejor va a ser que yo, Alicia, deje de pensar en este asunto que me está volviendo tan loca como cuerda debe de estarse volviendo esa tal antiAlicia a mis expensas. Y no me da la gana. Seré rencorosa y vengativa pero no me da la gana hacerle ese favor. No me da la gana hacérselo porque ella ― generosa y altruista, que no puede ser de otra manera ― contrarrestaría con su saber todas las tontunas que yo suelto. Y yo no quiero tener absolutamente nada que agradecer a una antiAlicia que, en cuantito tuviese ocasión y bajo pretexto de devolverme el favor, destruiría todo lo que hay de mí en la Alicia en que me reconozco. 25 de mayo de 2018
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2403097289569
Verdades y palabras
03/09/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/V/verdadesypalabras.pdf Cuando las personas hablamos de ‟saber”, ‟conocer”, ‟buscar”, ‟descubrir”, ‟evolucionar” y de tantísimos otros conceptos, o sentimientos, o emociones, ¿cómo puede nadie saber qué cada una de esas palabras está significando para los demás? ‟Saber”, por ejemplo, ¿qué esperamos cada cual del ‟saber”? ¿Por qué o para qué lo buscamos? ¿Para qué lo utilizaremos? ¿Qué esperamos de él? ¿Qué esperamos de nosotros mismos cuando lo tengamos? ¿Utilidad? ¿Utilitarismo? ¿Beneficio propio? ¿Beneficio para los otros? ¿Para qué el propio? ¿Para qué el de los otros? Si las personas pudiéramos – más allá de las palabras y los ‟trucos” a que las palabras se prestan – leer el pensamiento de los otros, en limpio, desnudo de intenciones, quizá nos quedaríamos sorprendidos (puede que hasta aterrados) de saber con qué encantadora inocencia nos espantan. Las palabras – sean escritas o habladas – no ofrecen especial dificultad a la hora de utilizarlas. Sólo hay que elegir las que se adecuen al gusto o al disgusto del destinatario (según queramos agradar o molestar) y meterlas en una coctelera en la que añadiremos tonos de voz, modulaciones, gestos, inflexiones, pausas, signos de puntuación (si es por escrito) y algún que otro detallito al gusto. Se agita, y ya está… Tanto se puede decir ‟te quiero” como ‟te odio”, y a la misma persona, y lo dicho resultará exactamente igual de convincente siempre que se hayan elegido y combinado bien los ingredientes. ¿Pero cuál es la verdad? ¿Cómo puede, ni uno mismo y de sí mismo, reconocer que no va de farol como en un juego de cartas? Y quien cometa la imprudencia de decir ‟yo no voy de farol” estará gritando, sin palabras, pero a los cuatro vientos, o su ignorancia o su mendacidad. Esa frase tan por todos conocida de que ‟el tao que puede ser expresado no es el verdadero tao”. Sólo hay que sustituir tao por: Amor Verdad Sabiduría Bondad Conocimiento … … la retahíla puede ser todo lo larga a que alcance la imaginación. Las palabras sólo sirven para hablar del tiempo y pedir un café en una barra de bar, largo de café, en vaso, muy caliente… Y muy poquito más. 15 de febrero de 2017
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2403097289484
Rumbos
03/09/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/R/rumbos.pdf Rumbos que se van dibujando lentamente a lo largo de eso que los que nos denominamos ‟humanos” reconocemos como ‟tiempo” en un lugar que identificamos como un planeta al que llamamos Tierra. ¿Cómo medirán su tiempo los habitantes de otros mundos? ¿Cómo llamarán al planeta en el que habiten y a la estrella alrededor de la que giren? ¿Cómo se denominarán a sí mismos? ¿A qué le llamarán "envejecer" y qué serán para ellos la belleza, la bondad, la ambición, la piedad, la inteligencia, el deber, la realidad? ¿Qué nombre darán a lo que nosotros denominamos amor y con cuál designarán al amor verdadero? ¿Tendrán un cuerpo del que desprenderse al morir? Se me ocurren, mirando alrededor y al cada día y a las gentes que habitamos esta Tierra, otras muchas preguntas que me inspira un profundo rechazo el sólo formulármelas; pero, una vez que ahí están, por qué no compartirlas… Así pues, me pregunto, por ejemplo, si esos habitantes de esos otros mundos estarán sujetos lo mismo que nosotros a una materia que genera tanta suciedad, tantos desechos, tantos humores varios como los humanos destilamos por tantos orificios que son — a su vez y a modo de maldición — los conductos por los que hemos inexcusablemente de servirnos para subsistir. ¿No es una maldición, una indignidad, el saber que comiendo estamos propiciando el tener que humillarnos a algo tan grosero como es el defecar? No sé, pero me siento muy inclinada a asegurar que hay mundos donde el andamiaje que sustenta a los seres que habitan en ellos no necesita alimentarse de nada que genere residuos ni podredumbre. Estoy convencida de que hay mundos, tiene que haberlos, donde sus habitantes no necesiten matar seres vivos para subsistir. ¿Y el placer? ¿Necesitarán esos seres adoptar posturas tan indignas y grotescas como a las que nos vemos obligados los humanos para experimentar placer? ¿Les será obligado el someterse a semejantes actos y actitudes para engendrar nuevos seres? ¿Necesitarán cosméticos y perfumes para limpiar sus cuerpos y mantener a raya los olores procedentes del sudor, las heces, la orina o el sexo? ¿Necesitarán cubos de basura? ¿Necesitarán papel higiénico? ¿Necesitarán malgastar algo tan preciado como el tiempo en adecentar su entorno barriendo, fregando, poniendo la lavadora, cepillándose los dientes, frotando el culo de cacerolas y sartenes (y haciendo abluciones en el propio) o — algo mucho más inocuo y menos antiestético — sonándose las narices? No sé; pero quiero pensar que hay otros mundos donde sus habitantes no han de someterse a semejantes humillaciones. Y que este mundo en el que los humanos habitamos es tan sólo una estación de tránsito. Y que existen otros mundos, otros lugares, a los que iremos ganando el derecho a acceder a medida que en este o en otros purgatorios por venir nos vayamos liberando de las miserias a las que nos tiene amarrados nuestra naturaleza humana. 24 de enero de 2011
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2403097289279
Qué querer
03/09/2024
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/Q/quequerer.pdf Es difícil saber qué se quiere, porque para eso sería necesario conocerlo todo, y eso no es posible. Pero sí es muy sencillo saber qué no se quiere, se da uno cuenta en seguida. Las vidas están llenas de innumerables insignificantes “qués” que no se quieren y se aceptan pensando, o creyendo, que no importa, que no hacen daño, que nada más son pequeños inconvenientes a los que hay que avenirse o con los que es necesario transigir para dar satisfacción a otras prioridades. Me pregunto cómo podrían ser las vidas, de todos y de cada uno, si nadie aceptáramos cargar con ni un gramo, ni un grano, ni un ápice, ni una pizca, ni una brizna, ni una hilacha, ni una gota, ni una mota, de qué no queremos. Me pregunto cómo podríamos ser si no nos traicionásemos continuamente. 9 de noviembre de 2012
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2403097289248
Publicidad
03/09/2024
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/P/publicidad.pdf Te pones a escuchar la radio, programas de calidad, hechos por personas cultas y enteradas de qué está pasando en el mundo, provistas de infinidad de datos y claridad de criterio suficiente y sobrada para saber discernir qué es honradez en cualquier campo de la economía o de la política; y, en mitad de su disertación o de su arenga, te vierten sobre la cabeza el jarro de agua fría de largarte con mucha credibilidad y mucho aplomo que tomes tal o cual producto para adelgazar, o para mejorar tu memoria, o que acudas a un determinado establecimiento a proveerte de moda, de perfume, de sartenes, de tresillos, para, a continuación y tan tranquilos, seguir con lo que estaban. Te están hablando de la crisis, muy sesudamente, y contándote que hay en este país más de cuatro millones de parados; y sin siquiera advertirte de estar dando paso a la publicidad te cantan, sin solución de continuidad y dentro del mismo contexto, con la propia voz del que está conduciendo el programa, las maravillas de contratar un crucero o de comprarte un coche. Y, eso, a gentes que en una inmensa mayoría cuenta apenas con qué o de qué sobrevivir. ¿Cómo se les queda el cuerpo y el alma? El vivir es una eterna servidumbre, por lo visto, un constante tener que claudicar y traicionarse, un ineludible tenerse que tragar sin rechistar ni masticar las propias miserias y mezquindades, recubiertas, como si fueran píldoras, de justificaciones y argumentos de colores, de todos los colores. De todo se habla, se dice, se cuestiona, se critica. De la deshonestidad y desmedida ambición de los políticos y de la vulgaridad de las famosas. Se larga contra el presidente del gobierno, contra sus ministros y ministras, contra los sindicalistas y los sindicatos, sin parar en mientes y pasando por alto la descorazonadora, espeluznante, similitud que existe entre las actitudes de los denostados y su búsqueda del a toda costa perpetuarse y las de los que, a su costa, buscan exactamente lo mismo. Se afean constantemente las conductas de los que desde el poder y desde las instituciones mienten, de los que no parecen alentados por otra finalidad que enriquecerse; se afea desde las emisoras y desde los periódicos cuyas últimas páginas están dedicadas a anuncios de prostitución; y cuanto mayor tirada tiene un periódico más se enriquece a causa de que sus páginas son más demandadas para tal publicidad. ¿Y estas conductas quién las afea? ¿Adónde o a quién se puede acudir para expresar la perplejidad que causan? ¿Qué medio va a dar cancha a la protesta de quien se duele de la mendacidad de los medios? Y hay que vivir en esa impotencia y en ese silencio ahogado tan sólo por las mismas palabras pronunciadas por las mismas personas a las que, si no quieres vivir en una burbuja de ignorancia o desconocimiento, tienes forzosamente que escuchar. 26 de septiembre de 2010
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2403097289125
Piezas y remiendos
03/09/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/P/piezasyremiendos.pdf Si el Universo es un gran puzle en el que todas las piezas van a terminar encajando, ¿cuál es el papel de los humanos?, ¿a qué queda reducida la libertad?, ¿a qué queda reducida la responsabilidad que el ejercicio de la libertad conlleva?, ¿a qué queda reducido el error que sin libertad no existirá la posibilidad de cometer?, ¿a qué, sin la existencia del error, queda reducido el tener consciencia de los propios actos?, ¿a qué sin consciencia quedan reducidos el bien y el mal?, ¿qué sentido tienen la vida y el vivir, con todo cuanto ello implica, si cada ser pensante es tan sólo un espejismo de sí mismo que fantasea, el espejismo, tener consciencia, y responsabilidad, y discernimiento del bien y del mal, y voluntad (o no) de hacer el bien y evitar el mal? ¿Qué sentido pueden tener estas preguntas si sólo soy un espejismo? ¿Cómo podré saber si la respuesta, caso de existir, no estará siendo a su vez un espejismo? ¿Cómo podré saber que quien pueda creer tenerla no estará teniendo, tan sólo, la que a su vez le sopla al oído el espejismo de su propio espejismo? *
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2403097288807
No sé si existo
03/09/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/N/nosesiexis.pdf Ni a quién preguntarle. 24 de julio de 2017
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2403097288760
Mitos
03/09/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/m/mitos.pdf Los mitos, los héroes y los dioses; tan imponentes todos, tan soberbios, tan afianzados en sí mismos y en sus mismidades cada uno; tan absolutos y sin fisuras en qué están representando. ¿No es un poco así lo representado por cada uno de ellos? ¿No están todas las cualidades, rasgos, emociones, aversiones, inclinaciones, ideas, manías, obsesiones, virtudes, defectos, odios, celos y amores, y también los temores que nos aquejan y condicionan nuestras conductas, tan encastillados en su entidad o identidad y tan asentados en su inquebrantabilidad como los dioses lo están en su divinidad? ¿Somos los humanos los que nos ceñimos o amoldamos al modelo de los mitos o son los mitos posteriores y están siendo, cada uno, una especie de personificación de lo que ya desde antes habitaba en el ser humano, en su mente y en su alma? Las mitologías de las latitudes más dispares y distantes cuentan con dioses y diosas que, aparte de las diferencias en los nombres y en los colores de sus pieles y los entornos en los que se desenvuelven, son perfectamente intercambiables. Las representaciones, personificaciones, del amor, del odio, de la envidia, de los celos, de la rabia, de la ira, de la inteligencia, de la perversidad, y de tantas y tantos otras y otros virtudes y defectos que los dioses encarnan han sido, desde que el mundo es mundo — o desde que sabemos del mundo menos remoto que aquel en que con discurrir a ver si inventaban el fuego ya tenían bastante y no les quedaba tiempo de amarse ni odiarse —, tan inmortales y tan imbatibles y tan indestructibles como su correspondiente divinidad-mito. Las mitologías de cualquier parte son muy antiguas (parezco la ministra Magdalena explicando que el aeropuerto es mu grande) pero, obviedad aparte, los humanos lo somos más todavía. Es por eso que pregunto, ¿no estará la mitología y los mitólogos (me lo acabo de inventar) que la escribieron siendo una especie de recopilación, un muestrario, del sentir algo así como “estándar” y de todas las grandezas y miserias de los humanos? Pero —vuelvo con esto a lo que me preguntaba más arriba —, ¿nos resultan los mitos o dioses tan fascinantes, incluso los más listos/as y los más guapos/as, como para seguir imitándolos hasta el fin de los siglos? ¿No son, tan inmortales y tan perfectos cada cual en lo suyo, un poquito cargantes? No parece en cambio empacharnos, a nadie, seguir tirando de grandezas y miserias (otra vez odio, amor, celos…, bueno, ya están enumeradas más arriba) que no han cambiado en absoluto, ni pizca, en esencia desde tiempo inmemorial. ¿Y no es eso preocupante? ¿No es preocupante que algo permanezca inalterado en un mundo tan cambiante? A lo mejor es que son una especie de “maldiciones” que ensoberbecidas y endiosadas están ahí, como un eterno presente en nuestras vidas; y nosotros pretendemos buscarles las vueltas, esquivarlas y librarnos de su influjo; pero siempre utilizando los mismos métodos que son, sí, quizás, más elaborados y sofisticados según avanza el tiempo, pero siempre los mismos en el fondo. ¿Qué es lo que pasa entonces, que los mitos y toda su simbología nos están poniendo sobre aviso de que no tenemos escapatoria, o es que nos están alertando de que las vías de escape son otras? 13 de agosto de 2012
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2403097288722
Mi relación con el yoga
03/09/2024
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/m/mirelacionconelyoga.pdf Empecé a practicar Yoga hace cerca de cuarenta años (39 el próximo 2 de febrero). Había conocido al Maestro unos meses atrás, una tarde de junio, sin saber quién era ni haber oído antes jamás hablar de él, y sin tener más noción de qué es ni de en qué consiste el yoga que una corta, brevísima experiencia que no duró más que un día, vivida siendo muy joven en un centro regentado por alguien muy famoso allá por los años 60 y 70 — tengo una vaga impresión de que su fama ya no es lo que fue —y que me hizo salir corriendo despavorida. Recuerdo que estábamos muchas personas sentadas en el suelo de una sala iluminada por una luz muy tenue, una vela creo recordar, y que aquel personaje nos pidió “piensen ustedes en una playa absolutamente desierta”. De inmediato “mi playa” se llenó de gente, de señoras gordas, de jóvenes luciendo sus esbelteces en bikini, de hombres con sombrero y pantalón corto leyendo la prensa bajo infinidad de sombrillas de colores, de niños haciendo castillos de arena, de otros niños jugando a la pelota, de patinetes en el agua, de barquitos en la lejanía, de voces, de chiringuitos, de olor a calamares fritos, de gentes de otras razas vendiendo alfombras y relojes… Intenté despejar “mi playa”, vaciarla; pero todo cuanto conseguí fue desesperarme ante mis esfuerzos completamente inútiles. Y, nunca más. Nunca más hasta aquella tarde de junio de 1981 en que conocí al Maestro, sin saber que lo era ni, por supuesto, estarlo buscando. Y, allí mismo, alguien me habló de él y del yoga; y él le decía “déjala, cállate”. Un rato después nos despedimos, ya todos en la calle, dándonos la mano y con esa sonrisa cortés que se dedica a los desconocidos que te han presentado y estás viendo por primera vez. Pero un no sé qué se me quedó en el ánimo de que “aquello” era otra cosa; que nadie me pediría limpiar ninguna playa… Y, sí, a finales de enero del año siguiente acudí a una primera cita con él, en su despacho, y hablamos no mucho, y recuerdo que lo primero que me dijo nada más cerrar la puerta e invitar a que me sentase fue “tú tienes bastante mala leche”. Aquello me gustó, y me reí, y pensé para mí “creo que vamos a entendernos bien”. Y nos despedimos tras decirme “el próximo martes ven y trae un chándal, o un pijama, o lo que quieras”. Y así fue, y así fui. Llevada, o movida, de una absoluta convicción, de un enorme entusiasmo, de una inmensa… algo que no encontrando palabra que se me antoje más adecuada llamaré Fe. Y… Cerca de cuarenta años. No me he preguntado nunca qué fui buscando, a qué aspiraba o qué pretendía alcanzar; jamás me lo pregunté porque supe siempre que Inteligencia y Bondad, convencida de que con inteligencia y bondad (que no bonachonería estúpida) ya no es necesario pretender alcanzar más. He ido notando, sin embargo, a lo largo de tanto tiempo, que mi enorme entusiasmo y mi “algo” — a lo que no encontrando palabra que se me antoje más adecuada sigo llamando Fe — se han ido debilitando, o palideciendo, y creciendo una desgana, o pereza, a la hora de ponerme a hacer los ejercicios hasta el extremo en que ayer mismo, mientras los hacía al atardecer, me preguntaba por qué sigues, por qué no lo dejas si crees que es como si los ejercicios, el trabajo, no ejerciera ningún efecto sobre ti. Pero no estaba siendo ayer la primera vez; que eso sí me lo he preguntado muchas veces, pero siempre he dejado “para mañana” el responder. Ayer me respondí y me dije, a continuación, alborozada casi, “¡qué bien!, ya sé por qué”, y, sin perder el ritmo — o, bueno, a lo mejor un poco — me expliqué a mí misma que sí, que es cierto que cuando me analizo y me recuerdo no tengo sensación alguna de ser ni más inteligente ni más buena, que creo que mi aspiración nunca se verá colmada, y que jamás alcanzaré lo que pretendí… Aquí me surge una nueva pregunta que es “¿lo sigo pretendiendo?”. Pero si me enredaba en una nueva respuesta perdería, aduje, tanto el ritmo como el hilo de mis pensamientos. Así que… Y, agarrada al hilo tan frágil de mis pensamientos, me argumenté que el creer que “algo es como si” puede distar mucho del saber qué ese algo “que parece ser” vaya en su absoluta puridad a corresponderse... 30 de diciembre de 2020
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2403097288654
Mi padre
03/09/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/N/nohabiafum.pdf No había fumado jamás, pero lo recordaré siempre con olor a tabaco, y a metro, y a tinta y a papel. Parece raro oler a metro, ahora que el metro no tiene ningún olor especial. Pero por entonces era diferente y el olor se agarraba a las ropas de quienes lo transitaban a diario con la misma ropa. Yo sí fumo, y fumando me quedo mirando su foto, de cuando era joven, con su aspecto aristocrático, con aquella elegancia que hacía a la gente, hombres y mujeres, allá por donde pasara o estuviese como aquella vez en el colegio, una fiesta de fin de curso en el jardín, las niñas, mis compañeras, dándose codazos y pasándose de boca a oreja ¡mira qué señor! y yo explicando es mi padre. Alguna vez lo comenté, de dónde habría sacado ese algo tan especial que lo hacía diferente del resto de las personas de nuestro mundo y de nuestro ambiente; respondiste sería hijo de un buhonero que pasaba por allí, y nos reímos, nos reímos fumando y tomando café… Pero, no. Mi abuela era, lo sé por quienes la conocieron, sobriedad y mesura en estado puro, no me la imagino yo en ese tipo de lances; además, también por quienes la conocieron lo sé, tenía, a pesar de ser una mujer de pueblo, sencilla y sin apenas instrucción, ese algo tan especial que de dónde habría sacado que la hacía diferente del resto de las personas de su mundo y de su ambiente. Y, dicen, se dice, que yo también. Y me río, me rio yo sola fumando un cigarrillo sin café.
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2403097288517
Matar el tedio
03/09/2024
Afrodita/Alicia
https://valentina-lujan.es/m/matareltedio.pdf Nadie sabemos qué debemos hacer con nuestra vida, ni para qué dedicación nos eligió el destino, o si era el “yo” el que debía elegir al destino. Pero entre tanto vivimos en un constante debatir, en cada instante, de a cuál de los dos toca la baza en el instante siguiente; y sin saber, también a cada instante, si nos precipitamos o nos rezagamos o si lo torcimos o nos hizo trampa. Pero actuamos, no queda más remedio, aunque la opción que tomemos sea hacernos un ovillo y esperar a aclararnos estaremos actuando y teniendo una responsabilidad (aunque la desconozcamos) en lo que sucedió o dejó de suceder por causa de nuestro aovillamiento. Incluso cuando afirmamos saber qué queremos y a qué queremos dedicar nuestra vida y nuestro afán, ¿somos conscientes de si lo que nos mueve es la voluntad y no sólo el deseo? Estamos educados a que cualquier propósito llevado a cabo se materialice en algún resultado perceptible a simple vista, o a simple oído, o a simple tacto, o a simple gusto o a simple olfato, por los demás. Y a lo mejor no nos lo creemos del todo, a lo mejor tenemos una vaga sensación de que “hacemos” cosas que quedan fuera del ámbito de las percepciones inmediatas; pero, a ese tipo de cosas, les reconocemos tan poquita utilidad… El hacer o no hacer solemos valorarlo en función de qué reporta a los aspectos prácticos de la vida, y centrarlo en la subsistencia, en el permanecer y en el dejar constancia de que somos — no qué somos, que suele no proceder ni el plantearse, y si se plantea no debe cometerse la grosería, o la frivolidad, de expresarlo — lo que se espera de nosotros y de que estamos en el lugar que nos corresponde. Y todos nuestros actos quedan así sometidos a criterios de algo que se parece mucho a la productividad, porque todos nuestros actos han de representar un lucro (material o espiritual) o una posibilidad de trueque; y si no es así, en nuestro cada día, nos iremos a la cama por la noche con la desazón de “hoy no he hecho nada”. Así que todo esfuerzo suele aplicarse a la actividad laboral cabalmente desempeñada, a la profesionalidad, a que el hogar esté en orden si se es ama de casa, a que las multas estén debidamente puestas (e impuestas) si se es guardián de la ORA, a que el reo esté correcta y puntualmente ejecutado si se es verdugo… Y, caramba; después de tanto trajín se tiene derecho al esparcimiento. Y el ocio se suele emplear en desvivirse buscando formas nuevas con que matar el tedio. ¿Qué tiempo queda para buscar a ese “uno mismo” que cada cual tiene la sensación de llevar dentro? ¿Qué tiempo para dedicarlo a ese “uno mismo” con el que tanto terror daría encontrarse? 18 de mayo de 2013
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2403097288449
La mirada ajena
03/09/2024
Afrodita/Alicia
https://valentina-lujan.es/L/lamiradajena.pdf He estado esta tarde en la Fundación Canal viendo la exposición de Chagall y había bastante gente. En la primera sala una visita guiada, de manera que como no me gusta escuchar explicaciones me voy a la siguiente sala; luego volveré a ésta. En la segunda sala otra visita guiada y, los que no son del grupo, también se explican unos a otros qué están viendo. No me gusta que otros, aunque sepan de cualquier tema más que yo, me cuenten su interpretación de nada que yo oiga, escuche, mire, huela o saboree. Así que he mirado, por mi cuenta, cien láminas enmarcadas con su leyenda al lado y con su título, su fecha, y su técnica. Algunas leyendas las leo; otras me las salto. Por supuesto que me estaré perdiendo mucho de la simbología de lo que se ve en las láminas, y que cuando llego a la sala de “Las almas muertas” – inspiradas (las láminas) en la novela de Gogol – no se ver la concordancia entre lo que representan y los pasajes correspondientes del libro, y no sólo porque no haya leído el libro sino porque tampoco sabría establecer una diferencia de criterio para comprender que son distintas de la serie – en otra sala – dedicada a pasajes y personajes bíblicos. Mientras miro considero pensativa si es tan importante “saber” qué es exactamente – o “realmente” – lo que representan o significan los dibujos. La intención, la voluntad consciente o inconsciente, que movía a Chagall a la hora de dibujar (en el instante mismo de dibujarlo, no cuando lo explicase a otros a posteriori) entiendo que nada más él podría saberla. Pero, un especialista, un entendido, por mucho que sepa… Cuando llego a la puerta por la que debo salir, la misma por la que entré, veo que ya hay bastante más gente, y otra vez visitas guiadas, y un grupo de señoras de mi edad – de esas que van en grupo a todas partes – se dispone a entrar. ¿Sabrán interpretar lo que vean mejor que yo? Camino hasta el Metro y mientras me muevo por los pasillos voy preguntándome qué pasa conmigo, por qué soy tan reacia a apreciar como más valiosos que los míos los criterios de otros. Preguntándome también por qué no experimento (nunca) una emoción distinta, o más profunda, frente a una obra de arte que frente a la de un niño. Quizás por eso soy tan benevolente, aunque no lo entienda, con todo lo que veo dibujado (más benevolente, no sé cuál pueda ser la razón, que con lo que escucho o leo), sin considerar si tiene calidad o no la tiene y considerando sí y sólo que por más – en el caso del niño – que nada más esté siendo un garabato lo que no puede negársele es que es único. Y que nunca, sobre ningún otro papel, existirá ese mismo trazo. Pero las personas acuden a las exposiciones, no hurgan en las papeleras buscando dibujos de niños… En estas cavilaciones andaba cuando al levantar la vista me percato de que en las paredes del pasillo hay unos paneles, grandes, no de publicidad como pudiera esperarse, sino de fotografías ampliadas, muy ampliadas, hechas con teléfonos móviles. Empecé entonces a pasearme, de panel en panel, como si estuviera en una exposición que yo hubiese elegido visitar, y me hubiera vestido y calzado y colgado el bolso al hombro para acudir exactamente a la estación de Metro de Plaza de Castilla, para ver en concreto aquellas fotografías y ninguna otra cosa… Saqué mi tableta del bolso he hice fotografías a las fotografías; esquivando a los viajeros que – muy corteses muchos de ellos, lo que me sorprendió (gratamente) – se detenían para no estropeármela, o daban la vuelta por detrás de mí y, lo que más me sorprendió, es que me miraban, sorprendidos. Sorprendidos quizás porque me paraba a hacer fotos en el metro, me miraban a mí, a quien hacía las fotos, pero no a las fotos que fotografiaba. Pensé entonces que tal vez algunos de aquellos transeúntes apresurados que no miraban las fotografías se habían vestido, y calzado, y salido de sus casas y viajado en Metro para ir exactamente a la Fundación Canal para ver la exposición de Chagall y ninguna otra cosa… ¿Tendrán esas personas una sensibilidad de la que yo carezco, o una sensibilidad tan diferente de la mía que les permite contemplar con emoción distinta, o más profunda, la obra de arte que es reconocida como tal de la experimentada frente a la que no goza de reconocimiento oficial? Luego, al llegar al desvío que yo debía tomar para bajar a mi línea, había un negro, joven, sentado en el suelo tocando un instrumento de viento. Nadie le prestaba atención, llevarían prisa porque iban quizás a un concierto, en el Real, o en alguno de esos estadios a los que acuden multitudes a escuchar a sus ídolos del momento. Lo miré y me sonrió. 10 de marzo de 2016
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La mariquita por qué a mí
03/09/2024
Afrodita/Alicia
Y ahora voy a salir del metro — me contó — que voy a una papelería especializada en la plaza de San Ildefonso, que tengo que comprar un bloc de acuarela de grano grueso, y otro fino, y dos carboncillos de distintos grosores y un difumino. Que es justo por lo que salí de casa y me encontré con la mariquita y he organizado todo este lío que, no puedo dejar de preguntarme, por qué yo y por qué a mí. Y cerró el teléfono. Nota: Para la redacción de los dos últimos párrafos recurro a algunas nociones de Física Cuántica que no tengo ni pizca de seguridad de entender medianamente en condiciones y sí muy serias dudas de si no estaré haciendo una interpretación interesada por ―por aquello del Entrelazamiento Cuántico, del que tengo nociones no más claras pero sí no sé qué idea de que, además de una partícula poder estar en todas partes al mismo tiempo, cada una de esas partículas tiene su opuesta (idéntica por lo visto a ella pero como si dijéramos “del revés”) que también puede estar en todas partes al mismo tiempo― querer creer que en alguna parte existe una ‟réplica” de ‟mi (su) mariquita”, y que esa mariquita réplica corre una suerte réplica de la suerte de la mía pero inversa. Y que si yo he tenido consciencia de su suerte (mala) en mi ‟aquí” es porque mi consciencia (cortita y limitada) no me ha permitido percibir la realidad ‟allí”, donde su suerte ha tenido, por fuerza (si me acojo se acoge a las leyes tal y como las entiendo/ende de la Física) que ser buena. 14 de mayo de 2018
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Interconexiones
03/09/2024
Afrodita
https://valentina-lujan.es/I/interconexiones.pdf Cada vez que se cruza en mi camino un perro, ya sea de la correa que sujeta su dueño, o suelto y aun después de cerciorarme de que no está abandonado ni perdido, de que tiene su dueño; o atado a la puerta de un supermercado, esperando que salga su amo a recogerlo, no puedo evitar el mirarle a los ojos, buscar su mirada, y veo en ellos una tristeza que estoy segura de que ninguna otra persona ve. Y pienso que si la vieran el mundo estaría siendo muy distinto. Menos aterrador. Y es que, o eso dicen, la percepción de una misma realidad es diferente de unas personas a otras, y que depende de las conexiones que en cada cerebro establecen entre sí las neuronas. Y que depende, a su vez, del estado anímico, que determina (o condiciona) la "elección" que van a tomar las neuronas al interconectarse. Y me pregunto si el tal estado anímico no está a su vez condicionado por interconexiones previas. 2 de febrero de 2016
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Inconsistencia
03/09/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/I/inconsistencia.pdf Sueño que mi existencia empieza en un instante indeterminado de lo que reconozco como mi vida adulta, y que yo, la que sueña, tiene consciencia de mí misma y de mi entorno, y de los otros seres vivos de distintas especies, y de qué es la luz y qué es la oscuridad, y qué son los sonidos y los colores y las palabras y los números y las distancias y los tamaños de las cosas; y de los objetos y de sus formas y de las utilidades que se les adjudican; y de los olores y de los sabores y de los sonidos que me agradan y entiendo como buenos o bonitos y cuáles me desagradan y considero feos o malos; consciencia también de sensaciones como el hambre o el sueño o la sed o el dolor, y de emociones como la ira o el miedo o la tristeza o la alegría o el amor o el odio. Consciencia también de que tengo recuerdos y memoria ―aunque en ocasiones pueda ser desmemoriada, pero también tengo consciencia de ello y, por tanto, la tengo también de lo que llamo olvido― y conceptos, por tanto, como pasado y futuro y antes y después, y arriba y abajo y detrás y delante, y tarde y temprano. Consciencia también de que, en función de qué entiendo como existente en mí y en mi entorno y en los otros seres vivos de distintas especies con sus respectivas consciencias de sí mismos y de sus respectivos entornos, tengo prejuicios que me inducen a suponer que en función de sus propias percepciones y prejuicios experimentarán hacia todo lo demás sensaciones, sentimientos y emociones que los inducirán a la tristeza o al amor o a la alegría o a la ira o al miedo o al odio, o a la temeridad o a la prudencia, de las cuales también tengo el concepto y la consciencia. Pero la otra yo, la nueva yo que empieza a existir en un instante indeterminado de lo que la yo que escribe reconoce como la vida adulta de esta yo que sueña despierta y sabe tantas cosas y reconoce tantas emociones y tantos sentimientos y tantas sensaciones y tantos prejuicios, no sabe nada. La yo soñada por mí es una yo desconocida pero adulta como yo que en mi sueño empieza a existir en un mundo vacío de algo que la yo que soy pueda reconocer como vida; una otra yo que desconoce todo, que desconoce incluso y aun sin saber que desconoce qué es la consciencia y que por tanto ni siquiera sabe si la tiene de sí misma; ni si la tiene de su entorno, ni de la ausencia o presencia los otros seres vivos de distintas especies, ni de qué es la luz y qué es la oscuridad, ni qué son los sonidos que escucha ni los colores que ve ni de la existencia de las palabras que nadie pronuncia; que no sabe de números ni de distancias ni de los tamaños de las cosas, ni de los objetos ni de sus formas ni de las utilidades que se les adjudican, ni de los olores ni de los sabores ni de los sonidos que no entiende como buenos o bonitos o malos o feos porque no tiene con qué otros olores o sabores o sonidos compararlos. Que no tiene consciencia de sensaciones como el hambre o el sueño o la sed o el dolor, ni de emociones como la ira o el miedo o la tristeza o la alegría o el amor o el odio. Consciencia tampono de carecer de recuerdos y memoria ni, por tanto, de conceptos como pasado y futuro y antes y después, y arriba y abajo y detrás y delante, y tarde y temprano. Consciencia tampoco de que ―en función de qué no entiende como existente en sí ni en su entorno ni en los otros seres vivos de distintas especies con sus respectivas consciencias de sí mismos y de sus respectivos entornos― carece de prejuicios que la induzcan a suponer que, en función de sus propias percepciones y prejuicios esos seres vivos experimentarán hacia todo lo demás sensaciones, sentimientos y emociones que los inducirán a la tristeza o al amor o a la alegría o a la ira o al miedo o al odio, o a la temeridad o a la prudencia, de las cuales también tengo yo el concepto y la consciencia, y ella no. Y me pregunto yo, despierta, si la yo soñada podría existir si yo me despertase, y cómo caso de existir seria su existencia si tuviese la consciencia ―que no tiene, porque yo no se la he dado― de no tener consciencia de qué son prejuicios ni qué son el pasado ni el presente ni el futuro; ni la memoria con sus recuerdos, ni el arriba ni el abajo. Me pregunto también cómo sería yo, la que sueña, y cuál sería mi devenir si aun en la plenitud de mi consciencia fuese ella, tan inconsciente. 21 de abril de 2018
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Forcejeo
03/09/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/T/todoserhum.pdf Todo ser humano, hasta en sus elecciones más disparatadas, y aún reprobables a la vista de algunos o muchos otros, lo que busca incansablemente es ser feliz. Sin embargo, incluso habiendo elegido de manera encomiable o decidido lo correcto, la felicidad no se alcanza o, para colmo, la decisión tomada con absoluta honestidad y en la creencia de que era buena parece volverse en contra. Entonces se lamenta de “¡Me equivoqué!”. Y me pregunto si esa percepción de desencuentro entre objetivo y resultado está condicionada por el carácter, o por el temperamento o por la personalidad. Me pregunto también si “me equivoqué” o “he acertado” no son error o acierto en términos absolutos sino que, en un no sé qué interferirse de los tres, ante unos mismos hechos y unos mismos resultados la apreciación la condiciona el que en cada momento esté llevando la voz cantante. Y cuál de los tres es el más sabio. Y cuál el más díscolo. 25 de julio de 2017
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El sentido de la vida
03/09/2024
Afrodita/Alicia
https://valentina-lujan.es/E/elsentidodelav.pdf El sentido de la vida se sentó a descansar en una piedra del camino y, cuando recuperado el resuello se disponía a reanudar la marcha, “¿Y yo dónde coño iba?”. 30 de octubre de 2017
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DobleMente
03/09/2024
Afrodita/Alicia
https://valentina-lujan.es/D/doblemente.pdf Si adversidad en peligro vese sumida en zozobras que sumadas a su sombra la hacen doblemente verse… ¿Cómo se verá qué sobra del temor a qué se asiente en el ánimo asustado del que si la padeciere sufriríala receloso, amedrentado y consciente de que si ella lo dejara abandonado a su suerte no sabría cómo valerse cuando, al mirarse al espejo, ya no se reconociera ni preso más de amenaza ni del hilo que lo enlaza al infortunio pendiente? 31 de mayo de 2017
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