Todos alguna vez hemos sentido que ya no nos quedaba esperanza. Que ya no había nada que hacer, que éramos un caso perdido. Quizá lo perdido era la cuasa, pero todos alguna vez hemos visto la vida en negro, llegando incluso a pensar que nunca saldríamos de ese pozo.
¿Te reconoces en esa figura sola, abrazada a sus rodillas, pidiendo auxilio en silencio? ¿Te resuena de algún modo la sensación de desesperanza, soledad, tristeza… Derrota?
Si es así, ¿eres consciente de que leer estas líneas es sinónimo de que no te ahogaste en aquella vorágine de oscuridad?
No te has ahogado, entonces.
Así que, si me lo permites, en este poemario, te enseñaré mi jardín. Quizás tengamos algo en común.
He cultivado durante varios años diferentes flores que han nacido producto de esa desesperanza. Aquel asfalto, tierra infértil que tiene todo en su contra para albergar vida, acaba por resquebrajarse para dejar entrever entre la brecha el nacimiento de una flor que enseña con orgullo sus coloridos y vistosos pétalos.
Cada una de estas flores nace de una herida, la cual acaba convertida en flor tras saber cuidarla. El asfalto, en el que creí que no habría lugar para la vida, me demostró que es capaz de partirse para dejar nacer, aunque sea, un último resquicio de esperanza.
Las heridas también deben cuidarse: una herida mal curada, acaba por infectarse, o su cicatrización es tardía e inestable. Hay que dedicarle tiempo a su curación, para que la cicatriz que queda después, pueda nivelarse con el resto de la piel.
Nuestras heridas no nos delimitan ni nos definen, pero sí conforman parte de nuestra existencia, de nuestro ser, de nuestra psique y de nuestros actos. No somos nuestras heridas, pero ellas sí son parte de nosotros, y al igual que un día sangran, otro se cierran. Y para hacerlo, hay que saber entender la herida. Darle tiempo para sanar, cada una a su debido tiempo, y después, aceptarla, ya que no se olvida, pero sí deja de doler.
Mi jardín posee flores que un día simplemente fueron semillas escondidas bajo el asfalto, pero la fuerza de su tallo rompió el pavimento para encontrar la luz y florecer, y con el tiempo, pasaron a ser trasplantadas a un jardín donde presumen con orgullo, pese a su origen. Ahora, mi asfalto es tierra fresca y mis diferentes flores tienen vivaces colores que hacen de mi jardín uno rico y diverso, sin llegar este jardín a definir quién soy en su totalidad, pero sí a ser parte de mí.
Estas son mis heridas. Ya no sangran, están cicatrizadas. Yo no soy ellas, pero ellas están en mí. Y las acepto con orgullo porque son parte de lo que soy.
Bienvenido a mi jardín.
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