✨ Susurros de Amor — Capítulo 1 (Versión corregida y enriquecida)
Autora: Marta Digat
Capítulo 1: El Encuentro
Los susurros de amor flotaban en la brisa como esporas de polen danzantes. El aire,
impregnado de un dulzón aroma a miel, me envolvía como un presagio. Una alegría
inexplicable me invadía el pecho, una extraña sensación de estar enamorada... aunque
no supiera de quién.
Las flores del jardín brillaban bajo el sol, engalanadas con diminutas gotas de rocío
que parecían piedras preciosas. Mariposas multicolores revoloteaban a mi alrededor, y
las hojas de los árboles se mecían como si ejecutaran un concierto de violines, su
mejor obra maestra.
A veces me pregunto: ¿por qué siento que no pertenezco a este siglo?
Día tras día despierto tras noches turbias, cargadas de sueños vívidos que me
muestran escenas de otras épocas, otros rostros, otras vidas... vidas que siento como
propias.
Las noches son desgastantes y fascinantes a la vez. En cada sueño recorro caminos y
paisajes que, aunque nunca he visitado, reconozco con certeza. Veo rostros
desconocidos... y sin embargo, sé que los he amado. Vivo experiencias que van más
allá del sueño; me desprendo de mi cuerpo, viajo como una hoja arrastrada por el
viento.
Cada noche es una nueva cita, una nueva aventura... y un nuevo amor.
Estoy convencida de que me repito en el tiempo.
Que vivo una vida sin final: nazco, muero y renazco en cuerpos distintos. Mi existencia
es como una película interminable, y en cada rodaje interpreto a una mujer diferente.
He despertado siendo noble en castillos imponentes, envuelta en sedas, corsés,
pelucas con bucles y perlas finas colgando de mi cuello. Asistía a bailes en palacios
majestuosos, con vestidos bordados en oro y diamantes en mis pendientes. La
opulencia y el lujo me revelaban mi linaje real.
Pero también he amanecido exhausta, con el cuerpo dolorido, como si hubiera
trabajado en los cañaverales bajo un sol implacable, o sirviendo mesas en la cocina de
una mansión ajena.
En ocasiones, he sentido la humillación de vender mis caricias por monedas en
burdeles oscuros, aunque en otras, he sido cortejada por los más galantes caballeros,
en vidas donde el amor me hacía desear no despertar jamás.
Todo eso... lo llevo dentro. Son memorias que se cuelan por las grietas del tiempo y me
susurran al oído.
Pero ya es tarde. Debo dejar de pensar en ello. Hoy será un día agitado.
Debo apresurarme o llegaré tarde al hospital. Trabajo como doctora patóloga, experta
en determinar las causas de muerte. Médica forense.
¿Será acaso esta carrera el reflejo de esa obsesión con la muerte que me corre por las
venas como un manantial inagotable? A veces siento que tengo más vidas que un
gato...
Después de un fin de semana solitario y lleno de visiones, estaba lista para sumergirme
en la rutina.
—Buenos días, doctora —saludó con alegría el personal de recepción al verme entrar.
—Buenos días —respondí con una sonrisa suave.
—¿Cómo estuvo su fin de semana? —preguntó Clarita, una joven de aspecto alegre,
figura delgada y voz cantarina.
—Llena de sorpresas e incógnitas —respondí, mientras dejaba mi bolso en el
mostrador.
—¿Alguna preocupación? ¿Puedo ayudarla en algo? —insistió con ternura.
—Jajaja, Clarita, mi vida es un laberinto. No existe cura para mis males —dije medio en
broma, medio en verdad.
Ella y los demás rieron, como cada mañana. Era nuestro ritual. Luego continué por el
largo pasillo del hospital, saludando con cortesía a los colegas y al personal de
limpieza. Aquel pasillo siempre estaba helado, impersonal... como el aliento de la
muerte.
Mi oficina estaba ubicada en el ala norte del edificio. Apenas abrí la puerta, un
escalofrío me recorrió la espalda. Una oleada de imágenes intensas invadió mi mente.
De pronto, no era yo... era otra.
Vestía el uniforme de una enfermera. A mi alrededor, una casa de campaña
improvisada, probablemente en plena guerra. Escuchaba ráfagas de metralla,
explosiones estremecedoras y gritos de dolor. Mi cuerpo reaccionaba
automáticamente al caos.
—¡Rápido, señorita Giselle! —ordenó un hombre de voz firme y bata blanca—.
Administre 500 ml de solución salina por vía intravenosa. ¡De inmediato!
Asentí, repitiendo la orden con precisión. Lo conocía… o al menos, algo dentro de mí lo
reconocía. Él me explicaba con urgencia:
—El paciente tiene heridas mortales: hemorragia, pérdida de conciencia, dificultad
respiratoria. Hay que estabilizarlo. Necesita intubación y una transfusión urgente.
Giselle, gracias por mantener la calma. En cuanto terminemos, debemos evacuar. Aquí
no tenemos los recursos necesarios…
Entonces… la visión se desvaneció.
Ya estaba nuevamente en mi oficina, revisando los expedientes. Aquella sensación de
desdoblamiento seguía latente, pero tenía que centrarme en mi trabajo.
✨ Susurros de Amor — Capítulo 1 (final)
Autora: Marta Digat
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