Uriel Estrada cometió un error, un sólo fallo que vino a marcar el resto de su vida de manera permanente. Aquella noche invernal, en la Ciudad de México, decidió salir a divertirse sin imaginarse que, al día siguiente, su vida cambiaría drásticamente y que sus sueños se evaporarían para siempre.
Drogas, sexo y alcohol a veces no son la respuesta; a veces vivir al «máximo» trae consecuencias indelebles. La juventud dura un suspiro, pero aquella exhalación, aquel gimoteo de mero placer, en ocasiones se queda grabado como un tatuaje que arde entre los recuerdos vagos y las piezas perdidas de una noche de locura.
Cigarrillos y trozos de jabón, serán piezas importantes en la vida del protagonista que, narrando en primera persona las experiencias más crudas vividas en su propia celda, nos cuenta cómo es la vida en prisión, cuáles son las prioridades cuando estás privado de tu libertad y, lo más importante, nos enseña a valorar lo que poseemos y a estar agradecidos de poder, como las aves, volar sin rumbo fijo con una consciencia limpia.
«Soy inocente»: recalca en distintos puntos a través de la obra. Pero al no tener pruebas que demuestren su inocencia, Uriel tendrá que resignarse a la pena máxima imputada por el asesinato imprudencial de la hija del procurador de la Ciudad de México, acostumbrándose así a todo tipo de privaciones, soportando humillaciones y luchando cada día por sobrevivir entre los cientos de presos que alegan lo mismo que él, su inocencia.
Cuando Uriel por fin se amolda a la vida en el Reclusorio y goza de protección al convertirse en el amante del director, Mateo Zavala, una noticia viene a cambiar todo su panorama de principio a fin: «Serás trasladado a Almoloya», penal de máxima seguridad situado en el norte de México, lejos de su familia y fuera de su zona de confort.
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