Fue la música, la que realmente le dañó y, a la vez, se convirtió en el bálsamo mágico que le sanaba.
Sus melodías hicieron que su alma se rompiera en mil futuros y se reconstruyera, a la vez, en otros mil presentes que antes de nacer ya serían pasado, dando lugar al círculo vicioso que se había convertido en el principio y el fin de aquel voluntario enclaustramiento en el que, en plena multitud, habitaba desde hacía tanto tiempo.
Mil veces había abierto aquella pequeña cajita en la que guardaba cada una de las notas, buscando un pretexto para soñar y mil veces la había vuelto a cerrar sin encontrarlo.
Estaba seguro de que, al final, como siempre, su imaginación sería la verdadera puerta para otros mundos. La única capaz de liberarlo. Por eso la mimaba.
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