A la memoria de un país que aplaudió desde los balcones mientras el trilero de turno volaba en su jet, tronchándose desde las alturas de los pardillos que pagamos el combustible, los focos y el hedor asfixiante de un circo que apesta a farsa, gasolina y golfería. No digo que sea corrupto —¡líbreme Dios, que tiene más abogados que cojones! —, pero el olfato no miente cuando el aire huele a chamusquina. Esto no es un libro, es un rugido en el lodazal; que lo abra quien tenga redaños para mirarse en el espejo de esta España de sainete, humillación y cuentas que nos desollan vivos.
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