A LEJANDRO SE LAVABA LOS DIENTES después de un desayuno apresurado. Ya era tarde y le quedaba poco tiempo para llegar al trabajo. Se enjuagó muy bien la boca, con dos buches. Se rasuró y procedió a peinarse.
Mientras se peinaba la observó de reojo por el espejo: inmóvil sobre la cama, con el cabello negro alborotado y tapada a medias con el edredón. Una pierna al descubierto. No le veía el rostro, vuelto hacia el clóset.
Esperaba no verse en una situación muy incómoda al volver a casa. Era imp
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