Fotografía Gabriela Romero «¡ Ey!, acércate», escuchó decir. ¿Yo?, preguntó al tiempo que giraba en busca de algún transeúnte, pero la callejuela estaba desierta. «Sí, tú, acércate», contestó aquella voz tenue, encerrada, engañosa. «Acércate, acércate», repetía; mientras el joven intentaba descubrir, en las altas paredes, alguna silueta tras las ventanas. «Aquí, a tu izquierda» le indicó, y vio el ojo negro de la cerradura. « Sí, acércate». Aquí estoy, dijo apoyando sus labios. La voz le succio
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