Poco después de que al-Rashid abandonara Palacio, observé una luz inusual en uno de los palacetes que adornan los jardines. Entre las celosías se colaba la oscilante luz de las velas. Intrigado, me acerqué sigilosamente. Inclinada sobre una pequeña mesita, Mi maravillosa odalisca encendía la última candela de un candelabro de grandes proporciones. La tenue gasa de sus ropas Me hizo el primer regalo de la noche: su bellísima silueta recortada a contraluz. Observé en silencio desde el dintel hasta
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