Pintura de Armando Gaviglia
«¡Cabrón, miserable, egoísta! ¡Tenía que ser justo hoy… no podías elegir otro momento para morirte, maldito hijo de Satanás!» Coreaba en letanía mi madre cuando mi padre se fue para el otro barrio. Nerviosa y frustrada, estrujaba las cuentas de aquel manoseado rosario, lo único que le presentaba ante los demás como una mujer decente. Y yo, siguiendo mi natural pensamiento infantil, fresco, ingenuo y lineal, di por hecho (o entendí) que podíamos escoger, igual que los
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