En mi cabeza hay una cárcel con cuatro barrotes:
como prisionero, me limito a contemplar
las lunas que transcurren:
relámpagos redondos,
muchachas aladas y descalzas
que treparán las escalas del poniente.
Condenado por jueces con rostro de roedores,
soy un azul reo de mí mismo,
y junto a los peces que sueñan escaparse
del estanque del mundo,
me arrastro entre los pensamientos de las ratas.
Sigo en la cárcel. La alborada,
ese veneno dulce y lento,
copula despacio con la luna
en mis
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