Ese día, como tantos otros, cruzó el parque otra vez con la desilusión en los pasos y en la cara.
Era el día elegido por ambos hacía eones, en otro lapso de tiempo, pero parecía que hoy tampoco iba a suceder.
Caminando con la cabeza gacha y mirándose los zapatos se detiene cuando lo presiente próximo a ella, levanta la vista lentamente y ve sus ojos y una sonrisa dibujada en su cara.
— ¡Al fin llegaste! — le dice ella, sin despegar los labios.
— Perdón, el espacio estaba atestado. — le responde
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