Se me pasó la anarquía. Quebróse el horizonte que siempre impulsa a avanzar en trentaiseis inminentes pedazos de hormigón y hueso; llantos remotos perturbaron la calidez del antiguo paisaje moral: tras un amplio desierto, las montañas de melocotón y el cielo de un suave índigo degradado de madrugada, eso es. La ilusión se situaba justo detrás, latiendo sin arkhé. La imaginé de un amanecer dorado, de primavera y fotosíntesis, de ríos y bayas, de oxígeno y sonrisas. Mas en cierto momento, la cobri
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