Una estrella para Navidad (Cuento corto)
Dicen que el cielo, cada diciembre, se viste con hilos de esperanza.
Esa noche, Mara caminaba entre luceros dispersos como promesas caídas. El viento traía ecos de campanas antiguas, y en su pecho danzaba el anhelo de encontrar la estrella que su abuela le había mostrado en los cuentos: aquella que desciende solo cuando un alma pide con pureza.
El aire tenía perfume de infancia, miel y pan recién tostado.
Mara alzó la mirada; sus ojos se llenaron de infinito. Entonces, una chispa azul cruzó el firmamento como una lágrima del cielo. No cayó… descendió con la delicadeza de un suspiro divino, posándose en la palma de sus manos.
La estrella palpitaba. Era tibia, como si escondiera dentro el corazón del tiempo.
Mara comprendió que no miraba una luz del cielo, sino un fragmento de su propia fe.
En el silencio, escuchó una melodía suave: su madre cantando aquellas notas que sabían a rocío y promesa. Cada acorde era un pétalo, una bendición, un hilo de eternidad que unía los mundos.
Las lágrimas se transformaron en reflejos luminosos y el aire se llenó de alas invisibles.
La estrella habló sin voz, con el idioma más antiguo: el del alma. Le dijo que todo lo amado regresa, no en cuerpo, sino en destello. Que quien sueña con el corazón encendido no conoce la ausencia, porque el amor no se apaga… solo cambia de cielo.
Cuando el amanecer besó el tejado del pueblo, la estrella volvió a elevarse, dejando sobre la casa de Mara un resplandor azul que jamás se deshizo.
Desde entonces, cada Navidad, los niños aseguran ver una luz suspendida sobre su ventana. Y cuando sopla el viento y se escuchan villancicos entre los pinos, alguien canta desde muy lejos:
“La fe también es una forma de nacimiento.”
Aimée Granado Oreña ©
Gota de Rocío Azul
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