Por las mañanas, llegaba siempre cuando pasaban cinco minutos justos de la hora en la que empezaba la jornada laboral. Era como si, en el trayecto hacia su despacho, quisiera hacer una lista mental de los empleados que no estuvieran ya en sus puestos.
Sus siempre brillantes mocasines Sebago resonaban acompasados y se oían hasta en el último rincón de la oficina. Tenían un efecto inmediato: se disolvían los corrillos y se hacía el silencio más absoluto. Solo se oían las conversaciones de los
All rights reserved