Dividida en dos partes con diversos cuadros y un epílogo, la obra requiere la intervención de un gran protagonista que realice doble papel. Presidente/expresidente y rey/rey (d)emérito.
Otros personajes más o menos breves, la limpiadora, el abogado, la esposa, el demócrata, el rico, el fan, la Estatua de la Libertad, el republicano, el inmigrante, el pobre, el soldado, el homosexual, el financiero, la actriz porno, la reina, el nuevo rey, la nueva reina, el yerno, una amante, el asistente y una hija, pueden interpretarlos, aproximadamente, tres actores y tres actrices. Además, se escuchan distintas voces en «off» con obsesivo clima.
Empieza el ácido (no desmadrado) «show» con el presidente que llega y monta números en cadena para desarreglar todo y poner las cosas peor con su espíritu de feriante y sus trapos sucios. Hasta que pierde en las urnas pero sin reconocer la derrota, y organiza un golpe, un cachete de Estado.
En la segunda parte, los reyes viven su asfixiante rutina, y a los nuevos reyes les ocurre algo parecido. El (d)emérito acoge la sucesión de escándalos y las supuestas corrupciones refugiándose en un lujoso hotel extranjero con privacidad absoluta. Aburriéndose en su exilio de oro. Solo, con achaques de hombre mayor, evoca sus líos y confiesa en un intento de redimirse. «Me he equivocado y no volverá a ocurrir»…
Difícil ejercicio de destreza interpretativa en la parte final, desdoblándose, fusionándose el principal actor con sus dos papeles. «¿Por qué no te callas?», dice alguien. Me callo. Hasta la página siguiente.
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