http://valentina-lujan.es/A/Aquenegarlo.pdf
a qué negarlo, un poco pensativa o, para no mentir [y no porque a la Ledesma le hubiese importado un comino {cuando, además, no se hubiera dado a lo mejor ni cuenta porque había largado como un papagayo, sin pensar ni prestar atención a si su discurso tenía o no tenía coherencia ni fijarse ni poco ni mucho — que la señorita lo decía, “no os pido unas coordenadas exactas con sus latitudes y sus longitudes y sus grados y sus minutos y sus segundos, pero, ¡caramba!, unas mínimas nociones…” — en cuál estuviera siendo el punto de partida amparada, tal vez y en su descargo, en que esa cuenta ya la estaría llevando doña Pura — sin reparar ella, Teresita, en que nadie le hubiese dado carta de naturaleza a dicho punto puesto que, y en eso estaba todo el mundo de acuerdo, las afirmaciones de doña Pura podían ser todo lo cuestionables que se quisiera (así, grosso modo y sin concretar quién, con nombre y apellido y especificando el curso al que pertenecía) y, entre tantos como éramos y cada cual de su padre y de su madre, los había muy caprichosos que a saber cuánto de cuestionables las pedirían si daba la casualidad de que les tocase tirar — o don Apuleyo, que tenía mucho tiempo libre, se creía ella, sin otra cosa que hacer que dar esquinazo a la Loli y tomar sus medicinas a sus horas, cuando, precisamente por eso pero ella tan joven y tan llena de vida cómo iba a pensarlo, se pasaba la vida pendiente del reloj, obsesionado} sino porque Nufñre, tan imaginativa ella y pese a su inteligencia tan preclara, no se quedase descolgada sin conocer, como desconocía (pero qué otra cosa podía esperarse de una criatura venida de quién sabe dónde o cuándo cuando, por cierto, el de Historia llevaba de baja iba ya para dos trimestres y, la asignatura, ahí, estancada a la espera de un suplente), el manejo de nuestra biblioteca] pero si (tratando — en virtud del derecho tan humano a salvaguardar esa parte de la verdad que pertenece nada más
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