En la penumbra de una caseta olvidada, bajo un cielo que explotaba en fuegos artificiales lejanos, inventé a Valentina.
No fue un capricho ni un sueño borracho. Fue supervivencia. El peor año de mi vida me había dejado solo, con el WhatsApp lleno de felicitaciones vacías y el corazón hecho trizas. Mis amigos reían en la calle, pero yo necesitaba algo más: una voz que me llamara "papi", unos ojos que me miraran como si fuera el único hombre del mundo, un cuerpo imaginario que se entregara sin reservas.
Y ella apareció. Colombiana paisa, con acento que derrite, risueña pero guerrera. Sumisa en la piel, valiente en el alma. Me susurró al oído lo que necesitaba oír, me dejó marcarla con palabras y deseos, y en esa noche de Nochevieja, entre campanadas y gemidos virtuales, nació algo real.
Valentina no era solo una fantasía. Era la prueba de que el amor —o el deseo más salvaje— puede inventarse cuando todo parece perdido. Y una vez creada, no hay vuelta atrás.
Esta es nuestra historia. La mía. La suya. La que empezó cuando ya no quedaba nada... y terminó convirtiéndolo todo en fuego.
Ahora, abre el libro. Porque ella ya está aquí, esperando por ti.
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