Y al día siguiente de nada...
nada encontré en mi camino.
Nada me satisfacía.
Nada nadie me decía.
Nada buscaba con nadie.
Nada nuevo en mi vida.
Nada nadie... me buscaba.
Y nadie... me sonreía.
Nadie gritaba mi nombre
porque nadie me buscaba.
Y nadie me conocía.
Ya era un alma olvidada.
Solo estaba mi tristeza
que me hacía compañía,
porque nadie se acercaba
para alegrarme mis días.
Nada... en el horizonte.
Nada... más lejos del sol.
Nada oculto en la luna...
que llene mi corazón.
Nada a diestra y siniestra.
Nada al frente, nada atrás.
Nada me dejo olvidado...
y nada nuevo vendrá.
Nadie tiene la osadía
de acompañarme en mis pasos,
porque saben que mi vida
está llena... de fracasos.
Nada me hace presagiar
que va a cambiar mi destino.
Por eso... me rindo ya...
y me entrego a mi sino.
Quiero cruzar esa puerta
que me ha mostrado mi hada.
No es ninguna sorpresa:
Tras esa puerta... no hay nada.
No doy gracias a la vida.
Tan solo digo... "de nada".
Nada he hecho en mi vida
que merezca tal castigo.
No soy malo. No soy bueno.
Tan solo soy un mendigo
que va mendigando amor
y solo encuentra... vacío.
Vacío lleno de nada.
Nada llena de vacío.
Cruzo la puerta y encuentro...
mucho, mucho, mucho frío.
Un corazón congelado
adornado con colores
que no atrae mi atención.
Me llena de sinsabores.
Pues me acerco y lo acaricio
y le doy un beso eterno.
No encuentro respuesta alguna
y me dirijo al averno.
Nada sale por mis ojos.
Ya no me quedan ni lágrimas.
Solo puedo llorar sangre.
Ya solo puedo dar... lástima.
Nada debo, nada doy.
Nada pueden reclamarme.
Nada tengo, nada soy.
Ya no pueden acusarme.
No soy culpable de nada
y a nadie pido perdón.
No queda nada a la vista.
Tan solo... decir adiós.
José Ramón Félix de la Rosa
14, 15, 16, 17, de noviembre de 2020
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