La primera vez que entró en el palacio y conoció al hombre que se convertiría en su esposo, quiso salir huyendo, y habían pasado años para que eso sucediera, para que pudiera huir con vida de ese lugar al que odiaba. Sin embargo, era como un pasado al que podía olvidar, porque el mismo hombre al que aborrecía y del que huía, parecía perseguirlo a dónde sea que él fuera, ya que no importaba si ya no estaba en el palacio, él seguía viendo el rostro del Emperador sólo que ya no lo llamaba “su Majestad”, sino que lo hacía por su nombre y lo apretaba entre sus brazos con un amor que nunca tuvo para él, y tampoco era un Emperador, sino un guerrero dispuesto a dar su vida por él.
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