Catetismo como virtud patriótica
Hubo una España —y aún queda más de la que convendría admitir— donde ser culto era sospechoso, leer era raro, pensar era peligroso y disentir era pecado. Una España donde el catetismo no era un defecto, sino una virtud patriótica; no una carencia, sino una seña de identidad nacional cuidadosamente cultivada desde el púlpito, la escuela y el cuartel.
No hablamos aquí de la ignorancia natural del que no ha tenido oportunidad, sino de un catetismo orgulloso y militante, bendecido por el incienso, celebrado en los pasacalles y protegido, si era necesario, por el tricornio y la porra. Un catetismo que no sólo ignoraba, sino que convertía la ignorancia en escudo, en estandarte, en dogma. Un catetismo que no consistía en no saber, sino en despreciar al que sabía. Que se burlaba del que leía raro, del que hablaba raro, del que pensaba distinto. Que escuchaba una palabra nueva y se encogía de hombros, no por humildad, sino por suficiencia.
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