Pongamos que se llamaba Pablo. Pablo era mi amigo y lo miraba como hay que mirar a un amigo. Como a un amigo, y punto.
Al principio no comenzamos demasiado bien. Lo conocí cuando me fui a vivir a otra ciudad, durante aquella etapa de mi vida en la que por encima de cualquier cosa estaban los toros. Como si hubiera hecho un pacto con el diablo y hubiera entregado a mi familia, mis amigos, mi tierra, mi alma y mi todo, a cambio de adentrarme en ese complicado mundo donde solo unos privilegiados
All rights reserved