Estaba hecho, se había enlistado.
Su padre le había rogado que no lo hiciera, pero no lo escuchó, no podría soportarlo, soportar ver como todos sus conocidos y amigos se enlistaban y él no. Eso lo destrozaría, más que avergonzarlo se sentiría como un traidor, mientras otros iban a morir por él.
Cerró la puerta de la oficina en donde enlistaban a los hombres dispuestos a pelear en la guerra de Beiker y suspiró al ver la calle desolada. Ya era tarde y debía volver a casa. Su padre estaría preocupado, y lo estaría aún más cuando le diera la noticia.
Comenzó a caminar a paso ligero, quería tardar lo más posible en el camino.
Quería postergar lo impostergable.
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