Sin duda se trata de un libro multigénero, que al mismo tiempo participa de la narración, del ensayo, de la memoria y de la poesía. Es una muy singular y atinada introspección (lo más intimista posible), con tintes metafísicos, espirituales y místicos, tamizados por un lenguaje docto pero sencillo, en el que el profesor sujeto del escrito hace gala de su cosmopolitismo, pero sobre todo de su pedagogía o didactismo equilibrado para exponernos cómo se suceden los siete cielos de su comprensión de la existencia, aquel trayecto entre la vida y la muerte, individual y/o colectiva, que como un fotón más conforma la energía del infinito (espacio) y la eternidad (tiempo) omnipresentes.
Sin embargo, lo más destacado es el tono reposado de su lenguaje y estilo, en el que se fusionan las verdadedes sempiternas de los dogmas religiosos y de los sistemas de creencias milenarias del Oriente próximo y lejano, contrastadas con las reflexiones y evidencias de las ciencias naturales como han ido evolucionando en Occidente. Eso sí, siempre muy permeadas de la emocionalidad y la sensibilidad de las tradiciones universales y panculturales, no exentas del inevitable y atinado pensamiento posmodernista del aquí y el ahora en curso, pero sin incurrir en los excesos propios de quien apetece y aboga por una determinada tendencia o corriente.
Por lo cual no he podido dejar de remitirme mientras leía, a la impresión sensorial y energética que me aportaron en su momento algunos pasajes memorables de Herman Hesse (Siddhartha), Anais Nin (Diarios), Jack Kerouac (Los vagabundos del Dharma) y hasta Henry Miller (El coloso de Marussi), para solo mencionar los que primero me llegaron, y los menciono de pasada, ajeno a ningún alarde libresco, porque ese no es mi natural.
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