Lo que escribimos y leemos, lo que decimos y callamos nos abre la puerta a paraísos, infiernos y purgatorios de todos los tamaños. La palabra tiene poder para evocar. Por eso puede construir o fulminar, elevar o arrojar, tender puentes o alejarlos. No solemos cuidar nuestras palabras. Nos proveemos de mucha cantidad, consumimos textos y pretextos que son pura basura, no paramos de lanzar exabruptos, quejas o desdichas allá por donde andemos dejando calles, montes, oteros o majadas llenos de una
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