Está frente a mí. La botella de whisky está plantada, allí, en la mesa, y la miro de reojo, al tiempo que un escalofrío recorre mi cuerpo. La borrachera de la noche anterior sigue latente hoy, la siento en mi sangre, en el palpitar de las sienes, en mi tufo maloliente, en el calor y el tiritar de mi cuerpo. «No quiero beber más» y, sin embargo, ahí está Chivas, con voz venida de todos lados, directo a mi cabeza: —Pero sí quieres un poco más —su sonrisa diabólica es ronca, única—. Vamos, mierda,
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