Trabajar desde casa sonaba bien, porque claro, libertad, comodidad, menos estrés, esa era la promesa, y tú, como todo el mundo, dijiste “esto es lo que necesito”, pero la verdad verdadera es que en algún punto todo se te mezcló, y no te diste cuenta cuándo, pero pasó, tu casa dejó de ser tu casa, dejó de ser ese refugio que te protegía, y se convirtió en tu cárcel bonita con internet estable, el trabajo se metió en tu cama, en tus comidas, en tus pausas, en tu cuerpo, y tú seguiste dándole, porque eso es lo que te enseñaron, que rendir es lo correcto, que si estás en casa tienes que demostrar más todavía Y ahí es donde empieza el problema, porque empezaste a funcionar como máquina, a resolver, a cumplir, a responder, pero dejaste de preguntarte cómo estabas, dejaste de sentirte, dejaste de habitarte, y eso, escúchame bien, eso tiene un precio.
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