Antes de encerrarse en la garita, Gregorio hizo una ronda completa. Con linterna
en mano comprobó las puertas, miró los candados, espantó a un par de ratas bien
gordas. Y se dio el susto a sí mismo al tropezar con una tubería:
—¡La madre que te…! Por un momento creí que era un puto cadáver.
¡Reostia! —Y, después de darle una patada, prosiguió.
Era su primer turno de noche. Normalmente, le tocaba de día, pero el
compañero dijo que no venía más y, ni corto ni perezoso, se largó de la empresa.
Así que Gregorio aceptó cubrir este turno. Otros cien pavos más no le vendrían
mal. Y el curro era de los fáciles: cuidar una nave vieja llena de maquinaria
oxidada, tubos de todo tipo y más trastos de hierro cubiertos por lona. ¿Quién
iba a robar esa basura? Pero «donde manda el patrón, no manda el marinero». El
trabajo era tranquilo y se cobraba bien. Con esta idea tan satisfactoria, Gregorio
se metió en la garita, puso un pódcast sobre misterios y cerró los ojos.
Un ruido lo sobresaltó. Parpadeó. Un haz de luz vagarosa bailó a través del
All rights reserved