Acándita, una ciudad completamente blanca donde no existen ni el Sol, ni la Luna. Siempre
va con el mismo ritmo lento, pero implacable, siempre los mismos horarios, siempre los
mismos trabajos, siempre las mismas personas. Solo la muerte es capaz de cambiar algo
dentro de ese círculo que parece no tener fin, pero tampoco demasiado, pues al día
siguiente otro ocupará su lugar, y en cuestión de semanas nadie se dará cuenta de la
diferencia. Un joven sin nombre camina en mitad de la oscuridad con las manos vendadas,
escurridizas gotas de sangre van cayendo al suelo, creando una extraña melodía en mitad
de aquella calle aparentemente sin salida. A lo lejos, una tenue luz naranja se filtra por
debajo de una carcomida puerta de metal, en el suelo se puede leer “Desidia”, dentro se
pueden oír tímidas voces y el sonido de copas tocando la madera de la barra, pero ni una
sola risa. Es aquí donde se romperá el círculo, pero eso ellos no lo saben.
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