Es un código morse el que nos enseñaron a descifrar y conducimos las líneas y los puntos sin cuestionar su monotonía.
Desde la cuna en carreteras asfaltadas que parcheamos, viendo pasar el tiempo desde el lado finito de la ventanilla, sin minutos para detenernos y tocarlo con las manos. Crecemos lo que nos permiten la carrocería y las señales.
El miedo es un apéndice que no enferma, cosido al mismo ritmo del lenguaje, propio y olvidado hasta que el grito en rojo del luminoso se refleja en él
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