"Habían sido ocho meses devastadores. Alicia estaba cansada de viajar, de perderlo todo, de caminar con el barro hasta los tobillos, de la lluvia y del olor de su ropa vieja. La mirada se le había endurecido, hablaba poco y pescaba alejada del resto, cantando tal vez para alejar los fantasmas de los muertos que habíamos enterrado antes de marchar. No vale la pena recordar, me dijo una vez mientras huíamos de la ciudad ya a pie, poco después de que se acabara el combustible. Lo imaginaba como cruzar un puente colgante o como escalar una montaña: si ves hacia abajo te da vértigo y te caes; si ves atrás, las mismas manos frías de la melancolía te atrapan las piernas, no te dejan caminar. Era la última en dormir, la que más velas hacía y la primera en despertar, la que organizaba los grupos de vigilancia y de pesca y de caza, quien reprochaba con voz fría al que protestaba (todavía) por haber abandonado la seguridad de los coches. Nadie la escogió. Fue la única que habló cuando los demás estábamos en shock, por eso fue fácil asumir que no tenía miedo".
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