Caía la noche cuando nos dirigíamos al Hotel. Teníamos prisa por llegar. Callejeando, por fin dimos con la calle donde se hallaba nuestro destino deseado. Tú, agarrado a mi cintura, seguías el ritmo alocado de mis caderas. Nuestros cuerpos lo sabían. Sentían la premura de catar lo desconocido. Degustar nuevos sabores y olores… el tacto de la piel por descubrir.
La habitación nos recibió con una amplitud tan exquisita como servicial. La luna, con su luz plateada iluminando el lecho, será testigo
All rights reserved