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2403307527757
Histeria
03/30/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/H/histeria.pdf Voy al dentista. Mientras espero el metro imagino en las vías perros y gatos perdidos. Sé que no están ahí pero la angustia es como si estuvieran. Sé que lo que mi imaginación inventa no tiene la consistencia de lo real, pero mi angustia es tan auténtica como si la tuviese. Pienso "estoy loca" pero sé que no lo estoy; no lo estoy porque sé también que no voy a ponerme a pegar gritos berreando que alguien detenga el metro, que hay que hacer algo por aquel perro que me mira a los ojos desde la vía o por el gato, que también me mira, agazapado indiferente, altivo como si no fuera él quien está en peligro. Llega el metro y me siento junto a una mujer con chaqueta de chándal color rosa; dormida, profundamente dormida y la cabeza caída hacia otro lado. Me fijo en su brazo dormido y sube y luego baja suavemente, como cuando miro sestear a los gatos. Vamos, que no está muerta. A la parada siguiente entra una pareja. Un hombre y una mujer mayores, aun no ancianos, con anoraks, pantalones, gafas, pelo recogido en cola de caballo ella, rubia, con botas y su bolso al hombro; el hombre descalzo. Descalzo el hombre totalmente sin calcetines ni nada. Descalzo. Descalzo con unas chanclas, de goma, de piscina, de verano, en la mano. Las deja caer al suelo y pienso va a sacar unos zapatos y a ponérselo; pero lo que saca es una bolsa de plástico, mientras habla con la mujer en tono tranquilo como de cualquier cosa normal que no oigo, mete en ella las chanclas y la guarda, con mucha convicción, tan sereno, en una mochila y van los dos a sentarse en dos asientos libres. Una mujer sentada frente a mí mira los pies del hombre. La mujer de la chaqueta de chándal color rosa sigue profundamente dormida. No ha movido la cabeza, ni un músculo, pero el brazo sigue subiendo y bajando suavemente, como las barrigas de los gatos. Pienso debería zarandearla, pero pienso también hará el trayecto habitualmente y debe de tenerle pillado el tranquillo, se despertará al llegar a su parada. Luego, entre otras gentes, entra una mujer negra - no mucho - con dos niñas. La mayor es negrísima y se sienta y pide una galleta a la pequeña, de pelo tan rizado pero casi rubio, y muerde la galleta mientras la casi rubia mira un libro sentada junto a la mujer enfrente. Pienso saben estar lejos de sus orígenes. Cuando llegan a su parada la madre (pienso) dice vamos, cierra el libro. Y salen y yo pienso que no sabría ir en metro con dos niñas, que las agarraría temerosa de que alguna se quedara dentro y ya no la encontraría; o que alguien agarraría a alguna, reteniéndola, a mala idea, y me entra sudor frío. Llego al fin a mi parada y la mujer de la chaqueta de chándal rosa sigue dormida. Me pongo de pie y la mujer que va sentada a mi otro lado la mira. Pienso decir lleva así todo el rato no sé si debería zarandearla; pero no digo nada. No digo nada y salgo del metro pensando si la mujer seguirá allí, dando vueltas, como en un tiovivo, en la línea circular que por eso se llama circular... De regreso pienso que voy a encontrarla allí, otra vez; pero en el vagón no está. Enfrente de mí una mujer gruesa y muy escotada se lima las uñas, a mi lado un hombre joven lee un periódico con un titular que dice "Vas a matar pero no a que te maten". El jardín del edificio de cristal está llenito de botes de refresco vacíos y plásticos que la gente arroja por entre los barrotes de la verja. Llego a casa. Me duelen los brazos, las piernas, las cervicales, como si me hubieran pegado una paliza. 6 de diciembre de 2017
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2403307526088
Lastres y pactos
03/30/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/C/cuandollegamosaeso.pdf Cuando llegamos a eso que se llama uso de razón ya llevamos un lastre, aunque no lo recordemos; ya hemos tenido encuentros y desencuentros con aquellos que todo lo que hicieron por nosotros fue por nuestro bien; ya nos han reprochado y les hemos reprochado y nos hemos los unos a los otros y los otros a los unos replicado y contrarreplicado. Y cuando ponemos la mano por primera vez en el picaporte de la puerta de nuestro mundo y de los nuestros para abrirla y entrar en el primer contacto con esos otros “otros” que no son los otros ya conocidos o vividos en propia carne y con los que para bien o para mal o para regular ya hemos establecido unos vínculos y firmado los correspondientes pactos de no agresión (o de no sacarnos los ojos, por lo menos) lo hacemos — según cómo nos haya ido la fiesta hasta el momento — o asomando el hocico con prudencia o a pecho descubierto y tumba abierta y… pues que sea lo que Dios quiera. ¿Hay más opciones? Pues… Bueno, ¿Cuáles? Se es confiado y generoso y comprensivo y tolerante y filántropo o se es desconfiado y egoísta e incomprensivo e intolerante y misántropo, o se es un poco de lo uno y un poco de lo otro porque “pero” pero “pero”. Así que, entre unas cosas y otras y a pesar de los “peros” parece que hay bastantes opciones. Sí. Ninguna neta, ninguna pura, ninguna limpia del todo; pero las hay. Y los otros, los “otros” nuevos con los que nos encontramos ahí fuera están en las mismas, en las mismas y arrastrando, como nosotros, las propias experiencias de sus propias fiestas; predispuestos, lo mismo que nosotros que a saber de cuál de las categorías seamos, a lanzarnos en los brazos del de enfrente o a su yugular o, por el pero “pero”, a guardar las distancias, y las formas, y los ases en las mangas, y a pactar. Por lo general, y de peor o mejor grado, se termina — en virtud de una amplia batería de argumentos de lo más heterogéneo y contradictorios muchas veces — por pactar. Pero pactar es como cuando, en una comida, se pide vino rosado no porque sea el que se está prefiriendo sino porque, “caramba, no es tan tinto como yo lo quería, confórmate por tanto (y aunque sea) aunque no esté siendo tan blanco como lo querrías tú”. Y nos repartimos, en buena armonía y para ir abriendo boca así para empezar, pequeñas tiranías y esclavitudes que, no hay que desesperar ni que agobiarse, ya irán de nuestra propia mano yendo a más. De forma que — y para ir terminando — lo mismo que en la niñez sucedió dentro de la familia, sucede en la vida adulta en todo tipo de relaciones; más naturalmente en las afectivas — ya que en las laborales o de otras índoles es comprensible que haya que avenirse a acuerdo —, quiero decir “de forma más problemática” puesto que entran bastante en conflicto los sentimientos con los intereses aunque curiosamente suelen andar con demasiada frecuencia mezclados, interfiriéndose, y eso suele dar malísimos resultados. *
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2403307526026
Manzanares
03/30/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/m/manzanares.pdf Es el pueblo donde nació mi padre y al que no he regresado desde que hace más de treinta años murió la tía Felipa, que era su hermana mayor y también mi madrina. Pero de niña sí iba mucho, todos los veranos a una casa muy grande que estaba en el número 6 de la calle de la Pólvora; y sigue estando, imagino, aunque el nombre de la calle lo cambiaron hace muchísimos años por el de Jacinto Benavente, y el número 6 por el 18. Una casa muy grande pero de distintas familias ― aunque las unas con las otras lo eran, entre sí ―, porque antes, por lo visto, en la Mancha había esa costumbre de ser dueño de lo que se llamaba “una parte de casa” y, cuando ibas por la galería de arriba, si te habían mandado a buscar algo en una de las habitaciones de la tía Ángela, por ejemplo, pasabas por delante de puertas que unas eran de ella y otras no. La tía Ángela era la mujer del tío Pepe, pero ni él ni sus hermanos, Pepa, Mari, Bárbara y Fernando, eran de verdad mis tíos aunque yo los llamara así. Hubieran sido, en todo caso, primos si hubiesen sido hijos de la tía Felipa en lugar de hijastros; es decir, hijos que su segundo marido ― un señor viudo con el que se había casado después de quedarse viuda ella del primer marido suyo, con el que había tenido un hijo que murió muy niño y yo no llegué a conocer ― llevaba cuando se casaron. Este segundo marido, que sí conocí aunque muy poco tiempo, era el tío José. Mis padres me mandaban a pasar los veranos con ella, la tía Felipa, que tenía en la planta baja de la casa su parte consistente en dos habitaciones con techos artesonados, muy altos, y una cocina en la que solamente la vi cocinar alguna vez dulces o cualquier otra cosa de capricho porque la vida la hacíamos siempre en casa de la Pepa, que era la más pequeña de los hermanos y la única que siempre le llamó madre, que los otros, ya adultos cuando se convirtió en su madrastra, tomaron la costumbre de llamarla tía; aunque no es que la quisieran menos, que yo siempre vi que la trataban muy bien, con mucho respeto, y que la cuidaron con cariño hasta el último momento de su vida. En el dormitorio, en el que había una cama grande de hierro y muy poquito más, tenía un armario con puerta de una sola hoja y una luna grande con columnas salomónicas a los lados y, recuerdo, era pleno invierno cuando ― por entonces yo era ya una jovencita ― murieron su hermana Josefa y el primo Manolo en un accidente de carretera y fuimos, mis padres y yo, para el entierro. A la hora de ir a la misa de cuerpo presente, alguna de las tías, Pepa o Bárbara o Mari, necesitó un abrigo negro que no tenía y fue al armario de la luna grande y columnas salomónicas y se puso uno de ella. Cuando la tía la vio en la iglesia con su abrigo se puso roja y muy acelerada, preguntando a alguna de las otras porque aquella llevaba su abrigo: - Y yo qué sé, tía ― le contestó por lo bajo ―; pero qué más da. - ¡Cómo que qué más da! ― replicó ella, también por lo bajo. -Sí, ¿qué pasa porque se lo haya puesto? -Pues… que tengo yo cosidas mil pesetas en cada hombrera. Porque tenía esas cosas, la tía Felipa ― esas manías y algunas otras de esas que tienen, o tenían, antes en los pueblos, o en algunos, algunas personas viejas ―; y un temperamento no poco áspero y un carácter bastante brusco y unos gestos tan casi nada afectuosos que hacían impensable, por ejemplo, imaginar siquiera que pudiese haber una sola mañana en que, cuando me mandaba sentar para hacerme las trenzas junto a la palmera grande que había en el centro del patio, fuese a no darme alguno, aunque hubiera sido nada más alguno, de aquellos tirones que me hacían, casi, casi, saltar las lágrimas. Pero a mí me quería; tal vez porque era la única persona de su sangre que había en la casa, a su manera, quizás visceral, me quería. Y, porque yo sabía que me quería, los recuerdos que conservo... 28 de noviembre de 2013
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2403297515628
Un deseo
03/29/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/U/undeseo.pdf Me gustaría que el mundo fuese un lugar liso y llano, donde todo lo que buscas va a estar siempre en la superficie. Y que no hubiera tiendas, ni peluquerías, ni garajes ni ascensores ni electrodomésticos ni ministerios ni coches ni políticos ni industrias ni directores generales ni presidentes de consejos de administraciones. Que no existieran las modas ni sus tendencias y que supiéramos en qué estación del año estamos porque, una tarde, paseando sin rumbo, alguien comentase mira, están floreciendo las buganvillas… 24 de septiembre de 2010
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2403297515437
Un trabajo de campo
03/29/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/U/untrabajodecampo.pdf Una guarrería, mi “trabajo de campo”. Quería vivir en carne propia que era eso de la ‟huelga general” tan cacareada y, hala, a la calle que me eché a eso de las siete y media u ocho de la mañana. Entre que no tengo costumbre de madrugar y que estaba muy excitada ― emocionada, casi, como una corresponsal de guerra recién salida del horno de su promoción que acude por primera vez al campo de batalla ―, las pocas horas, no más de tres, que estuve en la cama no pude dormir. Me puse el despertador, y me calcé unos zapatos planos por sí algún piquetero exaltado me amenazaba con un garrote y tenía que correr; no me puse pendientes ni sortijas por sí resultaba accidentada y algún desaprensivo ― aprovechando que a lo mejor el mandoble me había dejado inconsciente ― me los afanaba. Me dejé en casa y adrede las tarjetas de crédito llevando conmigo, tan sólo y en un bolsillo de la cazadorita esa vaquera que me da un cierto aspecto de señora moderna, el carnet de identidad. Nada más asomar la nariz a la calle, y aunque me había percatado al levantarme y mirar por la ventana, noté yo poco ambiente. El bar estaba abierto y, para irme familiarizando con el día de emociones que había empezado a sospechar no me esperaba, me acerqué ― más que por desayunar, que ya puesta en situación lo hice, por ir precalentando mi ánimo ― y allí que estaba Andrea, más atareada si cabe de lo que suele, y las mesas y la barra tan llenas como siempre a esas horas de gente. En una de las mesas había tres que hablaban del asunto y, muy educada y pidiendo ‟disculpen, no trabajo y ando bastante desconectada de lo que no sea mi barrio”, les solicité noticia de cómo andaba la cosa. Me contestaron que de ninguna manera, que no se notaba por ninguna parte nada. En lo que caminé por Francisco Silvela hasta el metro las caferías estaban abiertas, y Opencor también, y los dos talleres de mecánica del automóvil; y cerradas, como es lógico pero no por la huelga, las tiendas que abren por costumbre a las diez. El metro de Avenida de América, con su intercambiador de autobuses incluido, estaba a las ocho y media tan tranquilito, lleno de gente para acá y para allá, pero sin aglomeraciones ni agobios ni empujones ni piquetes y sí, sólo, un grupito de tres policías conversando, relajados, al final de cada tramo de escalera. Los andenes ni desiertos ni hasta los topes, en los vagones casi todo el mundo iba sentado, y al llegar a Manuel Becerra otra vez cafeterías abiertas; aunque no todavía el quiosco de prensa, pero sí el de las flores de delante de la iglesia con su (la iglesia) pobre que pide en todas las puertas de todas las iglesias. Un ratito después, siendo ya algo más de las nueve, el de prensa ya sí que estaba abierto. Como ya había vivido la experiencia del metro regresé caminando, me fijé en que lo que se notaba era más movimiento de coches que otros días ― y escuché luego en la radio que en efecto el tráfico había aumentado en un nueve por ciento. Unos minutos antes de las diez estaba en casa. Me metí en la cama y dormité y escuché radio hasta la una. Misión cumplida. 29/9/2010
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2403297515291
29 de noviembre de 2022
03/29/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/B/29del11de2022.pdf - ¿Y si viene a resultar que los recuerdos siempre mienten? - Pues, con no hacerles caso nunca... - ¿Aunque sean encantadores? - Esos son los más tramposos.
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2403297515185
12 del 12 de 2022
03/29/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/B/12del12de2022.pdf - Una vida sin sombras. -¿Es eso lo que quieres? -¡Sí! - No te acerques a la luz. Es bien sencillo
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2403287507671
A sueño abierto
03/28/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/S/sintioquelazar.pdf Sintió que la zarandeaba por el hombro, como tantas veces, tantas cuantas se había hecho la desentendida y, apretando los ojos y a veces también los dientes ―o los puños, hasta clavarse las uñas para luego ver las marcas―, escondido la cabeza debajo del ala queriendo murmurarse no es a mí. ¿A quién entonces? Y el ala se plegaba, esquiva, al cuerpo de lo que diera en denominar “mi víctima” sabiendo, aun sin saberlo, que de haber alguna a la que poder calificarse de tal no sería suya, no de la ella “yo” que conociese cuando llegó, de nuevas, con las manos vacías y el alma a rebosar de proyectos que fueron a estrellarse contra las paredes, que parecían tan blancas, para de inmediato rebotar y regresar al punto de partida sin, como quien dice, haberse estrenado apenas y a fuerza de desidia, de desgana, de un no puedo no sé mejor dejarlo. Pero por alguna razón desconocida el algo desconocido por una vez, una sola que ella pudiese contabilizar en su registro de actividad como vez, insistió. ¿a qué tanta terquedad, algo vacío? Estás empezando a cansarme; ya van dos. ¿Adónde? Y tres. Entendió entonces que mejor cerrar el pico ―a modo de metáfora, se dijo, y que a juego con las alas plegadas― y renunciar a levantar el vuelo. Vuelo que podría alzarse hasta “y cuatro” o “y cinco” o, si venían mal dadas (las circunstancias, que dio en decir “adversas” sin querer saber más), quién podría prever si alargarse, alargarse, hasta el infinito y a riesgo de romperse los tendones a los límites mismos de la eternidad. Se miró, de reojo, como sin querer o sin querer que nadie pudiera ser testigo de que se miraba, aunque fuese de frente y abiertamente, a sí misma allí, arrebujada suplicante junto al ala que se negaba a extenderse por ampararla. Está bien; iré sola. Y recuerda que se desperezó y sintió en las plantas de los pies el tacto quebradizo, crujiente, de las hojas de las que por falta de sus cuidados se morían. Y se dijo nunca más. A secas, cuidadosa de no preguntar qué. Porque hay que saber parar (se dijo) o terminarás (“no necesitarás que te lo cuente”, puntualizó) llegando a ese punto que te persigue y no te permitiría, si es que llegaras a alcanzarlo, regresar. Luego se rascó la frente, consideró la posibilidad remota de darse una ducha y murmuró (por lo bajo) “bueno, ya está”. Y, dicen, que contó “por eso he vuelto” antes, o “después” ―sin poder ya precisar―de dormirse de nuevo. 25 de marzo de 2019
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2403287507473
Compadecencia
03/28/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/C/compadecencia.pdf ‒ ¿Podría usted proporcionarnos una descripción de la encauzada? ‒ Parecía una de esas duermevelas curvadas que tan pronto se bifurcan hacia el inminente arrebatar el azul al calor del fuego como hacia el violento entrechocar de candiles contra maledicencias, pero si se la observaba con detenimiento podía apreciarse que tenía un sabor muy parecido al que se desprende, en pequeñas escamas parpadeantes como si fueran de obsidiana o ― tal vez y para los menos exigentes ― de una muy poco frecuente variedad de olorcillo impreciso a costumbre de no dejarse intimidar por el aletear impertinente que producen los miedos cuando se los obliga a abandonar a sus vástagos en mitad de un temporal, de la tendencia tan acusada que tienen ― no todas, pero sí muchas y sobre todo las de colores lentos ― las embocaduras de determinados instrumentos que, siendo de percusión aun sin descartar que los pueda haber de cuerda, se empecinan en cabalgar a lomos de bolas de nieve que, antes o después, terminan por derretirse. ‒ Comprendo. Pero díganos, ¿la observó con el detenimiento suficiente como para poder apreciar tantos detalles? ‒ No tuve tiempo. La bola era demasiado pequeña, y el día uno de esos, ya sabe, terriblemente caluroso de pleno verano. 23 de abril de 2017
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2403287507404
Cosas de la vida
03/28/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/D/dicequesiseh.pdf Dice que si se hubiera visto en la necesidad de hacer una descripción minuciosa habría dicho que era una lluvia muy fina, o algo parecido ―rectificando, con cierta desgana―, algo muy similar a lo que podría recordar, si el esforzarse tuviera sentido para alguien que diese indicios de valorar el esfuerzo, lo cual duda, como la pared de ladrillo rojo que rodeaba con sus brazos de hierro (amputado uno, a la altura del codo) el perímetro, que a lo mejor era circunferencia, pero entiende que para qué afinar tanto, el corredor que conducía a los cuartos que siempre se llamaron de arriba si bien, cosas de la vida que para qué afanarse en comprender, todo el edificio constaba de una sola planta dividida en pequeños habitáculos separados por mamparas que, no llegando al techo, dejaban oír todo lo que se hablaba en los cuartos contiguos a la gran hondonada donde era costumbre almacenar lo que se había dado en denominar “las herramientas” aunque no eran mas que las sombras deshilachadas y bastante descoloridas de quienes, (hace una pausa y toma aliento) habiendo pasado por allí sin rumbo, se vieron, tal vez sin querer, reflejados en tal o cual síntoma de cualquiera de las dolencias que aquejaban a los habitantes del otro lado de aquello que, siempre se dijo, parecía un puerto aunque nadie jamás había visto barco alguno, ni allí ni en ninguna otra parte; no éramos (musita) gente de mar, ni siquiera de río, y como por otra parte siempre fuimos poco aficionados a viajar tan sólo veíamos las cortinas de colores siempre muy vivos, demasiado alegres para el entorno que gentes como los de allí podíamos ofrecerles, pero así eran las cosas y así las cortinas que, ya digo (dice) eran de cretona y flores muy grandes. Pero que no se vio en tal necesidad, aunque asegura que se fijó muy bien y que incluso se puso las gafas, las de cerca, las mismas que utilizaba para cortar los tablones que luego, si daba tiempo, servirían para recitar las letanías cansinas de las siete y media, hora punta donde las haya (según no ella pero sí según la esposa del administrador, obsesionada siempre con preparar los búcaros y los guardabarros en el sitio adecuado antes de aplicarse a cocinar y, si no, la salsa le salía o muy espesa o demasiado clara), y si no daba, se dejaban en el cajoncillo de arriba del aparador, bien colocados y perfectamente paralelos unos con otros, hasta la mañana siguiente del primer martes impar del mes de octubre. Y que por eso, porque no se vio, no pudo enterarse de que los colores se habían transformado en pequeñas colmenas, o, rectificando, celdillas más exactamente reprendiéndose, para sus adentros, por no abandonar aquella estúpida manía por la precisión que caminaban ―entre guiones, ya, pero si se pasaba la vida regresando no llegaría nunca ni en el caso de conocer el lugar y el momento en que acontecerían; pero a regañadientes retrocedió sí hasta las celdillas (a veces hay que ceder) que caminaban apoyándose unas en las otras, tan juntas, tan hermanadas y sabiendo cuál era su lugar exacto en su pequeño universo que, oyó alguna vez, estaba amenazado de muerte, lenta, mucho más que ella desgranando el deslizar de los objetos hacia el borde de la mesa para empujarlos, luego, al precipicio de algo más de medio metro de altura por el que se despeñarían, sin miedo, sin un grito, para ir a acurrucarse contra los cascotes de un compañero de viaje con el que jamás habían cruzado más allá de un buenos días y algún comentario, de esos de puro compromiso porque a ver en un ascensor qué te dices, referente al tiempo atmosférico pero con sumo cuidado de dejarlo muy clarito; atmosférico y nada de meterse en filigranas de mencionar ni de pasada el trascurrido desde los festejos que conmemoraron el último desastre. – Qué bien se vivía entonces, ¿verdad?, cuando todavía podían contarse, uno, dos, tres, dos millones cuatrocientos setenta y cinco mil los intervalos; aquel bendito tiempo ya innombrable estaba salpicado de intervalos, grandes, pequeños, alargados, redondos como cuentas algunos y muy suaves, tanto que se resbalaban por entre las yemas de los dedos y rodaban, aviesos, para ir a esconderse bajo los muebles simulando querer jugar tan sólo, pero se quedaban con las ganas, que nadie iba a buscarlos porque para qué recuperarlos si antes o después llegarían otros prometiendo (siempre lo hacían igual, estúpidos, como si no los conociésemos) que ellos no eran como los otros, que se quedarían para siempre. Contestó a todo que sí, sin dejar de sonreír; y el hombre abrió y cerró las puertas, dos veces, y explicó que había sido un fallo informático sin mayor importancia… – ¿Y usted? Y dice que respondió algo también sin importancia. Pero que eso seguro que no. 9 de abril de 2019
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2403277502389
De Afrodita a Buzo del Guadalquivir
03/27/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/P/puesyocreo.pdf Pues yo creo, Buzo, o al menos es lo que he experimentado, que cuando uno piensa que no es el momento de algo (y me refiero al hecho de escribir, que es lo que siento como eje de mi vida) suele dar un resultado sorprendente el arrancar con una frase, la que sea y – preferentemente – la que desde la razón o la lógica más rechazarías. Con “frase” puedo estar queriendo a lo mejor decir un par de palabras y, desde ahí, sin llevar ninguna idea prefijada en mente, continuar sin pretender arrastrar en la memoria nada más que la última palabra escrita, sin mirar el papel (“papel”, claro, “pantalla”) Y no parar, no detenerse a reflexionar lo lógico o ilógico de qué estarás escribiendo sino, tan sólo, a buscar la palabra que ya por su longitud, o por su sonoridad, o por su cadencia o por la sensación que te sugiere es la que “tú” entiendes ha de ser casi forzosamente la siguiente Al proceder así uno rompe su propio esquema, el molde de su pensamiento, y cuando al cabo de unos minutos levantas la vista y miras qué has escrito puedes quedarte sorprendido al contemplar algo hecho por ti, que tú has “parido” sin haber sospechado antes que estuviera ahí. Yo lo hago muchas veces. Cuando levanto la vista tengo, sí, que arreglar erratas y hacer alguna pequeña modificación. Y disculpa que te de estas explicaciones, como si no entendiera que cada cual tiene sus propios trucos y sus propios mecanismos y sus propios recursos; tan sólo te los comunico porque son los míos, los que conozco por mí misma, y creo que todo cuanto se puede compartir es una forma de abrir ventanas para otros En mi opinión – verás que me encanta “filosofar” – la literatura, a las alturas de civilización y de progreso a las que estamos, no ha evolucionado en la medida en que han evolucionado otras manifestaciones del arte. A la literatura se le sigue exigiendo (o esperando de ella, al menos) que sea descriptiva, secuencial, y que nos cuente lo que de alguna manera ya sabemos. ¿Por qué lo que se acepta en pintura, o en música, o en escultura, no suele tolerarse en la literatura? Tenemos, entre todos los que amamos (puede sonar cursi eso de “amar”, pero es como lo siento) la literatura, que derribar las murallas y los corsés que la encarcelan. ¿Te he largado una monserga? Venga, un saludo. Afrodita a Buzo del Guadalquivir http://buzodelguadalquivir.blogspot.com/2011/01/robare-el- tiempo.html?showComment=1294524244542#c2787797904532188771
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2403277502228
De la señorita Berta a Cora
03/27/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/C/Chapuza.pdf – ¿Chapuza? Porque me he armado de valor y le he enseñado, por fin, y un poco más optimista gracias a los ánimos que el señor Ramírez me ha infundido, mis pequeños progresos. – ¡Pero si es la verdad! Y nos enzarzamos en una discusión tal vez acalorada planteándonos qué es la verdad; cuánto o a quién importa la verdad; cuáles son los valores estratégicos o artísticos de la verdad; hasta dónde se puede llegar esgrimiendo tales o cuales verdades… No logramos llegar a un acuerdo y nos disponemos a separamos, un poco cabizbajos. Ya hemos terminado el último sorbo de las consumiciones y estamos recogiendo las pocas cosas que hemos puesto hoy sobre la mesa. Él dice entonces “¡Joder, no tengas tanta prisa! Anda, tomate otra”. Y bebemos en silencio sin que suceda nada, sin que ninguno de los dos encontremos la palabra mágica que logre romper el hielo hasta que, transcurridas un par de horas, se acerca la camarera y me dice que lo siente, pero que es hora de cerrar. Yo lo lamento; no que sea hora de cerrar ― porque la verdad es que me duele bastante la cabeza y entiendo que me vendrá bien irme a casa, y tomarme una aspirina y meterme en la cama ― sino porque, estratégicamente, o artísticamente, me habría venido mejor que dijera cualquier otra cosa que me diese pie a entablar conversación, más cuando el local había estado toda la tarde prácticamente vacío, y preguntarle “¿a usted que le parece?”. Ella, entonces y a muy poquita buena voluntad que le echase, habría podido aportar su punto de vista y darme su opinión sobre si me haría más juego que la chapuza fuese el cielo y el infierno ― que no estaría siendo ningún disparate porque, eso era cierto, me había salido algo torcido ― o el hecho, intrascendente tal vez, de sacar a relucir la edad del chico, tan espabilado pero y qué, o la circunstancia obviable en un principio de que el abuelo fuese mudo. Luego, ya en la calle, me vino a la cabeza que en lo concerniente al tema de la verdad y tantas consideraciones en torno a ella como pudieran hacerse no habíamos entrado; y estuve por regresar. Regresar y, ya a solas y quién sabe si no a oscuras y teniéndome que servir de la llama del mechero si tenía ella costumbre de desconectar la luz, volver a sentarme en la misma mesa y a ponerme en la misma postura y a colocarme en la misma situación para, en absoluto silencio ahora, volver a abrir la carpeta y retomar la conversación con mi amigo que, sentado frente a mí lejos y ajeno a mis inquietudes por plasmar negro sobre blanco un mundo tan abstracto como es el de las ideas, liberado de la obligación a que lo enfrentaba el hecho a buen seguro tan ingrato de tener que resultar si no del todo brillante sí al menos inteligente, se hallaría en las condiciones óptimas para verbalizar con entera sencillez algo tan complejo como qué es y para qué sirve algo tan peregrino y cuestionable como lo es la verdad. Pero, amparado en el subterfugio de que en la oscuridad no me sería posible trascribir lo que él dijera, no regresé. Y vuelve a asaltarme la duda porque no sé si lo hice ― o no lo hice, o si sería más adecuado desistí ― por lo que termino de exponer o porque ella había echado ya el cierre, o porque era una mujer francamente antipática, o porque ya tenía yo bastante emborronados los papeles y bastante ensombrecido el ánimo a causa de la mudez — tan irreflexiva e innecesaria y que tan culpable me hacía sentir — del pobre señor Ramírez como para seguir enredando.
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2403277501870
Foto de Cronos persiguiendo a Pegaso en su camino a Sirio
03/27/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/fotosnegat/fotodecronos.pdf FOTO DE CRONOS PERSIGUIENDO A PEGASO EN SU CAMINO A SIRIO La veía pasar cada mañana y se decía un día la abordaré pero jamás se resolvía y continuaba allí siempre tras los cristales tan gruesos de sus gafas prometiéndose de mañana no pasa y desarmando y armando sus relojes que una vez reparados colocaba dentro de las correspondientes bolsitas de papel a la espera de que los dueños regresaran preguntando ¿y mi reloj? Y así todos los días hasta que uno no más gris que cualquier otro de otoño ni más frío que cualquier otro de invierno ni más prometedor que cualquier otro de primavera ni más sofocante que cualquier otro de verano ella entró por la puerta y dijo buenos días y rebuscó en su bolso y lo posó allí encima y declaró no anda y él la miro asustado y quiso decir pero señorita yo no puedo pero ella había dado ya media vuelta y la miraba lleno de perplejidad caminar por la acera alejándose no sin haber declarado mañana volveré espero no encontrarlo parado usted parece un buen profesional y en sus manos lo dejo y ciertamente en sus manos lo tomó si bien lo volvió a depositar de inmediato desalentado y lamentando por qué no me habrá traído uno corriente un reloj normal que yo pudiera al regresar ella mañana ponerlo gentilmente en su muñeca y bueno aquí está espero que no le dé más contratiempos y… ¿qué más?... nada más maldita sea su suerte tan tímido tan de toda la vida y tan sin saber nunca cómo ingeniárselas para romper el férreo círculo de ruedecitas y resortes único en que se sabía desenvolver y ahora aquello que bien estaba ser un fracasado en todo lo demás pero cómo decir a la mujer de sus sueños a aquella por la que desde tan antiguo suspirase su reloj señorita no lo he sabido arreglar y ella le dedicaría una larga mirada de desprecio y diría usted me ha decepcionado y pasó el día terriblemente inquieto y no pudo dormir y cuando a la mañana siguiente alzó el cierre le temblaban las manos y que Dios me ayude debe de estar a punto de venir y el reloj ahí parado y en efecto pocos minutos más tarde se presentó y dijo vaya lo ha conseguido y fíjese me tenía desesperada y él pero si no lo he tocado y ella hay que ver lo bromista que es usted cómo se puede decir una cosa semejante cuando a la vista está y él que a la vista qué y ella cómo que qué si además va en punto fíjese y lo que no me puedo explicar es cómo usted puede no verlo y estoy segura de que lo único que está pretendiendo es desconcertarme ustedes los hombres son tan vanidosos y se creen que las mujeres somos tontas y que no nos damos cuenta de sus tretas pero no es ese mi caso no señor no me voy a dejar así como así llamar necia en mi cara y él pero yo no he pretendido señorita cómo ha podido usted pensar y ella pero si no he pensado nada me estoy ciñendo a FOTO DE CRONOS PERSIGUIENDO A PEGASO EN SU CAMINO A SIRIO la evidencia mírelo o casi mejor ¿no le parece? Lo dejamos sobre el mostrador para que usted lo pueda observar durante las próximas veinticuatro horas sin prisa y mañana cuando vuelva me dice si estoy teniendo o no razón. − Y, mírelo — dice —, ese es. Y que maldito el día en que se presentó en su taller diciendo no anda y que maldita la arena que marcó veinticuatro horas más tarde el inicio de su desencanto. Fin Nota: Esta es la versión original. Posteriormente escribí otra muy diferente y más larga, manteniendo el mismo título.
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2403277501573
De tránsito
03/27/2024
Afrodita/Alicia
https://valentina-lujan.es/D/detransito.pdf - Mira, vida mía, vamos a llevarnos bien, que tenemos que estar juntas hasta que se muera Alicia. Le dije. Y contestó “de acuerdo”. A veces cede ella. A veces cedo Yo. 30 de octubre de 2022
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2403257484896
Otra cosa
03/25/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/O/otracosa.pdf - ¿Aversión al cuerpo? - ¿Acaso no es cierto que la mezquindad, la crueldad, la envidia, el rencor, están inducidos y gobernados por el cuerpo? Y que de todos los males que aquejan al ser humano - dice - tiene la culpa el cuerpo, que es muy cabrón y muy egoísta. - Ya, pero - trato de argumentar -, ¿qué sería el ser humano sin su cuerpo? - Otra cosa - responde. - ¿Qué cosa? - ¿Cómo podría saberlo - responde - si desde mi cuerpo me es imposible recordar qué fui cuando no habitaba en él ni qué seré cuando deje de habitarlo. Pero que, en el entretanto reconforta pensar que, ese cuerpo al que vencer es el caballo de batalla sobre el que cabalga el espíritu. Y que el espíritu vencerá. Dice. 15 de febrero de 2023
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2403257484674
Página en blanco
03/25/2024
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/P/paginaenblanco.pdf Página en blanco. ¡No es verdad! ¿No? Deberías escribir página que contiene veintitrés palabras, cinco renglones en los que no se dice nada. Tienes razón: Página que contiene cuarenta y una palabras, siete renglones en los que no se dice nada. ¡Así está mejor! ¿Por qué tienes que joderlo todo? Pero si no pasa nada. Si cambias cuarenta y una por setenta y nueve y siete por trece quedará bien. Hecho. Eso es lo que me gusta de ti. Aunque, puestos a ser precisos, ¿no quedaría mejor, más exacto, escribir ciento ocho palabras, dieciséis renglones, negro sobre blanco, en los que no se dice nada? Sí, mucho mejor.
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2403257484414
Peregrinos del azar
03/25/2024
Afrodita
https://valentina-lujan.es/P/peregrinosdelazar.pdf Si caminas, me dijo, en línea recta regresarás al punto en que partiste, por la mitad de la línea que separa el sí del no, el tiempo pasado desde que olvidaste y el transcurrido hasta que volviste a recordar cómo sería el perfil de un futuro que, si llegaba, sería disfrazado de pretérito, sí, pero tan pluscuamperfecto y – por ir precisando – de subjuntivo que por más que quisieras reconocerlo lo confundirías, como ya sucediera en tantas ocasiones, con el ir y venir de las olas o, si te sorprendía desgranando las cuentas del collar que te obstinabas en llamar ‟de perlas” aun sabiendo, como muy bien sabías, que eran sólo abalorios de muy poco valor, con el traer y llevar ― a sus espaldas ― de recados y otros enseres los peregrinos del azar y, en tal caso, desnortado y perdido el oriente, se precipitaría, como loco, a buscarse sin pararse a recapacitar que, en su atolondramiento y en sus prisas, estaría obviando, ignorando, pisoteando aquella característica tan inconfundible, única y tan suya, que tan pronto puede hacerlo ser aguardado con temor como con alborozo y… entonces, entonces aun no queriendo reconocerlo entenderás que no podrías confundirlo aunque quisieras, que es el punto desde el que partiste, por la mitad de la línea que separa el sí del no, el tiempo pasado desde que olvidaste y el transcurrido hasta que volviste a recordar cómo sería el perfil de un futuro que, si llegaba, sería disfrazado de pretérito, sí, pero tan pluscuamperfecto y – por ir precisando – de subjuntivo que por más que quisieras reconocerlo lo confundirías, como ya sucediera en tantas ocasiones, con el ir y venir de las olas o, si te sorprendía desgranando las cuentas del collar que te obstinabas en llamar ‟de perlas” aun sabiendo, como muy bien sabías, que eran sólo abalorios de muy poco valor, con el traer y llevar ― a sus espaldas ― de recados y otros enseres los peregrinos del azar y, en tal caso, desnortado y perdido el oriente, se precipitaría, como loco, a buscarse sin pararse a recapacitar que, en su atolondramiento y en sus prisas, estaría obviando, ignorando, pisoteando aquella característica tan inconfundible, única y tan suya, que tan pronto puede hacerlo ser aguardado con temor como con alborozo y… entonces, entonces aun no queriendo reconocerlo entenderás que no podrías confundirlo aunque insistieses. 2 de mayo de 2017
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2403257484247
¡Querida niña!
03/25/2024
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/G/queridaninia.pdf ¡Querida niña!   Eres un repugnante y asqueroso saco de basura. Una sidosa miserable que morirá pronto y será arrojada en cualquier cuneta y yo quiero saber dónde para ir allí y escupirte, y sentir asco de tu cuerpo ruin que nada más sirvió para albergar un alma mezquina y pensamientos sucios y rastreros y forjar fantasías que supieron girar únicamente alrededor de tus genitales malolientes y medio podridos bajo la costra inmunda de espermas resecos. No tienes más de diez o doce años. Después de tanto tiempo de tener que soportar en mi oído las palabras de engendros tan nauseabundos como tú ya sé distinguir con qué edades se corresponden las voces. No te imagino fea del todo, fíjate; tus facciones podrían estar teniendo un algo de atractivo si tu mirada no estuviera tan emponzoñada de lascivia y los hoyitos de las mejillas — esos que siempre se forman acompañando a la sonrisa — no estuvieran siendo modelados por la aterradora grosería que es el motor de tu deleznable regocijo. Te parecen divertidas todas las vilezas que son inseparables del instinto más bajo a que el ser humano se considera no ya condenado sino acreedor arrogante y soberbio y que es el servilismo ciego a las exigencias despiadadas de un sexo insaciable. Te piensas que por un agujero viscoso situado en tu entrepierna va a entrar en tu vida un chorro de felicidad y entrará solamente — a la felicidad la tiene sin cuidado tu lóbrego agujero — en tu vagina una fétida secreción de semen que te dejará preñada, ¡pedazo de imbécil!, y engendrarás hijos que serán tan escoria como la hez repulsiva que tú misma eres. Pero no llegarás a parirlos. Seguro. Te los abortará cualquier partera desgreñada y sin dientes, o una matrona de labios pintados que cuando haya tirado tu feto a la basura se lavará las manos y se colocará de nuevo en los dedos sus anillos, los anillos que se habrá comprado con los beneficios libres de impuestos que tú y las que son como tú le estaréis proporcionando tan contentas, listas a volveros a despatarrar tan pronto cicatrice la herida. Habrás oído alguna vez abogar, ¿verdad, abyecto y depravado endriago?, por eso que ampulosamente es denominado “derechos humanos” y habrás supuesto, ¡vanidosa!, que son esos unos derechos que amparan a tus entrañas y que vienen pertrechados de un fardel de libertades que a ti te conciernen. Pero estás muy equivocada, mira, tú eres nada más estiércol y ponzoña, el desecho de una fornicación cerril y burda; el resultado de una masturbación sofisticada y exigente. Sí, hasta en los instintos más obscenos se manifiesta, al parecer, un no sé qué de gusto por la sublimación de lo perfecto, de lo idóneo, del “una cosa para cada lugar y un lugar para cada cosa”, y por eso, tu padre, en lugar de masturbarse a mano buscó el coño de tu madre y, ella, en lugar de contentarse con meterse el dedo — así es exactamente como lo dijiste, “tú te metes el dedo”, y te reías — estimó que la verga de semejante bucéfalo era la glorificación de sus anhelos. Pero no son tus progenitores los únicos, que abundan por la superficie del planeta infinidad de putañeros y de rameras; ni tú eres un raro fruto, singular, de descarríos. Posiblemente ellos lo ignoran, ¿sabes?, y yo quisiera suponer, en su disculpa, que de buena fe creen que copular como las bestias es intrínseco a la naturaleza humana; no comparto, sin embargo, su opinión, y los desprecio, y me dan náuseas y lamento el no encontrar respuesta a por qué — en un mundo que en otros muchos objetivos ha logrado tan prodigiosos extremos — no ha cundido la voz de que la vida es una minúscula porción de la existencia, una faceta ocasional de un todo sin arraigo en el cuerpo ni en sus apremios ni desbarros ni extravíos; el no alcanzar a comprender por qué motivos de entre tantos manumisores como pueblan la Tierra no os ha dicho ninguno, a través de cualquiera de los muchos medios que sí emplean para haceros llegar las voces...
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2403257484155
Tarde espesa y anubarrada
03/25/2024
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/T/tardespesa.pdf ¡Querida niña! Tarde espesa y medio anubarrada de domingo de agosto que dedico a aligerar cajones. Papeles variopintos, apuntes que al releer reconozco y “ah, esto ya lo utilicé” que van yendo a la papelera, troceados, por esa especie de pudor que me asalta al sentir que un papel escrito por una misma — da un poco igual, a mí me da, si trata de realidad o de ficción — es como una fotografía que, aun hecha un gurruño, puede contemplar alguien que (como hay gente tan rara) hurgue, por la razón que sea, en la basura. ¿Y no es igualmente una fotografía lo escrito que se conserva en un cajón que un día abrirá quién sabe quién? Sí. Pero si lo conservo — aunque sea nada más por olvido — y está en mi cajón de mi mesa de mi despacho de mi casa, todo mío, cabe suponer que si alguien lo mirase sería atentando contra mi privacidad. Y ahí no estaría yo teniendo ninguna responsabilidad. ¿Y publicarlo en internet, no es mostrarse? Pues sí. Pero entonces ya es como una foto de estudio, un posado como lo llaman los del famoseo, y ahí ya pues quien escribe se esmera en presentarse un poquito bien acicalado si bien, si la ocasión lo requiere (que hay ocasiones para todo y cada ocasión requiere su aderezo), el acicale puede consistir en una cara sucia, o un pelo desgreñado, o en cubrirse de fealdad, o de harapos; de algo, en fin, poco favorecedor pero medido y estudiado. Así que muchos de los papeles se han visto reducido a añicos. Pero he encontrado tres folios (cuatro, en realidad, que en el primero va, él solo y entre admiraciones, el título) — y digo bien folios porque son de verdad folios y no DIN A4 — cuyo contenido, que al releer ha evocado con encantadora frescura qué sentí aquella tarde que se cita, tengo la seguridad de no haber utilizado jamás. Ha sido quizás por la frescura — lo de “encantadora” puede ser discutible, pero me estoy refiriendo a la viveza (no sin embargo grata), la verdad y el arrebato con que (recuerdo) escribí los folios — por lo que he pensado que me gustaría escanearlos, pero, he ahí el problema, el hecho de ser folios (folios, folios, ya digo, no DIN A4) no me lo ponía fácil. De modo que lo que he hecho ha sido copiarlos, letra por letra, punto por punto, coma por coma y frase por frase. Podía haber hecho correcciones — y, bueno, para decir la verdad alguna coma (no más de dos o tres) sí que he puesto o he quitado — pero no he querido, aun siendo consciente de que tiene defectos (de forma, y quizás también de contenido) pero defectos que son, de alguna forma, “complementos” para el acicale de cara sucia y de harapos con que libremente he elegido mostrarme. Clic en el enlace.
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2403257482915
Rosario
03/25/2024
Afrodita
https://valentina-lujan.es/R/rosario.pdf Charo, sí, mi amiga Charito de toda la vida que la quiero yo un montón y fuimos inseparables ya desde niñas hasta que ella se casó. Se caso, sí, con un chico muy bueno que a mí la verdad es que me parecía un poquito soso, pero ella decía es muy bueno y muy buena persona y, yo lo sé, me dijo entonces, voy a ser muy feliz con él porque es una persona muy responsable y muy trabajador. Y se casó, y siempre ha dicho que es tan feliz como ella decía de jovencita que iba a ser, y como yo conozco muy bien a Charito estoy segura de que de veras ha sido tan feliz como ella ya presentía que iba a ser. Hasta hoy. Digo hasta hoy porque esta mañana va y me llama. Me llama Charito afligida y llorando y, yo, pero Charito, querida, qué te pasa. Y Charito se suena y moquea y dice con voz entrecortada que la niña, suya y de sus ojos porque es su única hija y la adoran tanto ella como su marido aquel chico tan bueno y tan responsable y tan sensato, que la niña — logro entender entre sollozos —ha conocido a un chico muy bueno, de Guadalajara, que se llama Juan Francisco, de muy buena familia y muy estudioso que… – Pero, querida — le digo yo a Charito —, si es estudioso y de buena familia, y del agrado de la niña que seguro que tiene tan buen gusto y tan buen criterio como tú, ¿qué motivos puede haber, pedazo de tontuela para llorar de esa manera? –Pues… — Charito se suena y moquea antes de responder —, a ver si sé explicártelo para que me entiendas… – Seguro que te entiendo, cielo — le digo —; cuéntame qué te pasa, cuál es el problema y verás cómo entre las dos encontramos la solución. – Bueno, pues — noto cómo Charito se enjuga las lágrimas, se aclara la voz y dice de corrido —: Juan Francisco ha sido etarra. – ¿Etarra, Charo — le pregunto —; un chico de Guadalajara que se llama Juan Francisco ha sido etarra? –Sí, Afrodita —responde ella en tono impaciente —, etarra. Y que qué encuentro de raro, quiere saber, al hecho de que el chico sea etarra. –Pues, no sé — respondo, dubitativa, dubitativa porque entiendo que tal vez a ella mi razonamiento podrá parecerle poco razonable —; no sabría explicártelo muy bien pero siempre pensé que para ser etarra había que llamarse Patxi o Andoni o Iñaqui, y por supuesto ser vasco, pero, un etarra, Charito; de la Alcarria son bien conocidos los mieleros de toda la vida, pero etarras… – Oh, es que fue a vivir a Euskal Herria cuando era muy pequeño, a Santurce concretamente. Y dice que se siente vasco, y que su corazón es vasco… – Eso — le digo — parece razonable. Siempre se ha dicho que el hombre no es de donde nace sino de donde pace; así que… – Bueno, pues… — Charito se suena, con un sonido seco y rotundo, antes de añadir en tono tajante y resuelto —: No me da la gana que mi hija tenga un novio etarra. – No es etarra, Charito — le recuerdo —; tú misma has dicho que fue etarra. – Ah, sí — admite Charito, porque Charito aunque pierda a veces un poco los nervios ha sido siempre razonable —; cometió un atentado y hubo muertos. Estuvo en la cárcel un par de años o tres y, luego, como se arrepintió, lo pusieron en libertad y está totalmente reinsertado. – ¿Ves, tontuela — le digo — como no tienes motivo ninguno para recelar de él? – Pero ¡cómo que no! — Se me encrespa Charito — ¿Te gustaría a ti tener un yerno asesino? – Charito, nena, que ya no es asesino; se arrepintió y está reinsertado. Ahora es ya una persona perfectamente normal ¿No lo entiendes, Charito? Pero se ha cerrado en banda en que no, en que no lo entiende. Y se ha empecinado en que un terrorista podrá estar todo lo reinsertado que la ley le permita; pero que ella, en cuanto a ciudadana con sus propios criterios éticos y morales, ¡jamás! — que me lo ha dicho gritando y muy alterada, fuera de sí, casi, diría yo —, jamás querrá cerca de sí a un personaje semejante. Y que hará todo cuanto esté en su mano para no emparentar con un asesino. Y que no quiere que sus futuros nietos sean hijos de alguien cuya profesión era (aunque ahora esté arrepentido y reinsertado) poner bombas y pegar tiros en la nuca. Y por más que he intentado hacerla entrar en razón y me he esforzado en explicarle que hay que saber perdonar y que además todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad no ha querido entenderlo ni admitirlo; se ha enfadado, ha dicho que le parecía intolerable lo que le estaba diciendo y ha terminado por mandarme a… (bueno, a la mierda) y me ha colgado el teléfono. Así que me he quedado un poquito triste. Un poquito triste porque yo a Charito la quiero mucho, porque es mi amiga de toda la vida. Pero… no sé, me da pena que a veces sea tan intransigente y tan poquito comprensiva. 14 de septiembre de 2012
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